160 aniversario victoria Campaña Nacional

El ideal estético de la victoria
según el maestro Lorenzo Fortino

Manuel Carranza Vargas

De la Academia Morista Costarricense
Crónica ficcional sobre personas y hechos reales.

Tan pronto se supo la noticia de la victoria centroamericana y el inminente regreso de las tropas, se iniciaron a toda prisa los preparativos para el recibimiento y el Gobierno debió dirigir las múltiples iniciativas. Al fin, todavía se escuchaba el eco de los tambores de guerra y no parecía conveniente dejar sin orientación la espontaneidad y el júbilo popular. Además, los fondos públicos eran escasos y un recibimiento digno requería de apoyo ciudadano, de modo que el primer grupo se encargó de tocar puertas para organizar el banquete de bienvenida en la Universidad de Santo Tomás.

A don Lorenzo le encomendaron considerar algunas ideas para engalanar los principales edificios públicos y, antes que nada, buscar al maestro de obras encargado de las instalaciones temporales de la Catedral durante la Semana Santa y encargarle la construcción de un Arco Triunfal frente al Palacio Nacional.

La obra hizo bulla: sobre los basamentos cubiertos de palmas y adornados por guirnaldas de flores, se dispuso erguir cuatro columnas para formar un templete a cada uno de los lados de la calle y sobre ellos descansar una estructura de caña brava en forma de arco revestido de follaje y rematado por festones, gallardetes e insignias militares, reservando el centro para el Escudo de la República.

Los vecinos, organizados por barrios, también levantaron a lo largo de más de media legua sus propios arcos adornados de uruca y flores de mayo, separados por doble fila de cañuelas y, de tramo en tramo, por árboles artificiales con farolillos colgantes, conforme a la costumbre para las grandes festividades.

San José lucía llena de banderas y de los balcones colgaban mantones de Manila y cortinajes de adorno. Nada parecía suficiente cuando Costa Rica entera, por primera vez en su historia, iba a celebrar un triunfo espléndido. La ciudadanía recordaba la gloriosa noticia de la Independencia y el festejo de unos hechos políticos geográficamente distantes, con el regusto acre de una celebración a medias. Hubo júbilo en ese entonces, pero también susto e incertidumbre. Aquella villa era entonces una extraña mezcla de partidarios conservadores, liberales y una mayoría de indiferentes desconfiados que tornaban imposible una celebración como la que estaba a punto de comenzar.

Hoy era distinto, todo Costa Rica celebraba a los héroes de hechos inmediatos, cercanos y propios. Una fiesta a la vez política, militar, devocional y lúdica. Todo a un tiempo.

Ese día, don Lorenzo se levantó al alba. Comió un desayuno frugal en medio del alboroto de las cocineras que discutían sobre el color de la zaraza que la señora les regaló para hacerse unas “naguas” bonitas con las cuales ir a ver el desfile. Acomodó su estudio de pintura y esbozó algunos temas que trataría con los alumnos en su próxima clase de dibujo, aplicado a la figura, el ornato y la arquitectura.

Las ventanas de su casa, en la calle del Palacio lucían leyendas alusivas a las cinco repúblicas hermanas, dibujadas con cuidadosa caligrafía y orladas por moños y festones de los colores patrios. Desde allí vería, más tarde, el paso del desfile junto a María Franceschino, su joven esposa. Ambos habían nacido en Isolella, un pueblito en la puerta del Valle de Aosta, al extremo norte de Italia. Don Lorenzo tenía formación en artes y un buen día, el joven matrimonio Fortino emprendió el largo viaje a América y decidió probar fortuna en una ciudad capital de tan solo 15 000 almas, sin escuelas de arte ni pintores.

El maestro salió de su casa, atravesó la calle, saludó a la señora Landambert en la puerta del hotel y dirigió sus pasos a la plaza. Miró a los carpinteros atareados en el último esfuerzo por colocar en el atrio de la Catedral, bellamente decorado con palmas, un enorme llamado a la humildad que decía Vencedores: Rendid la espada ante vuestro Dios y Señor y alabadle entonando el Te Deum Laudamus. Verificó los últimos detalles del decorado y caminó despacio de regreso a casa por las calles aún vacías. Pasó frente a la librería de Carranza, la tienda de Dujardin, la confitería de Lang, la zapatería Francesa. Todo cerrado. Era miércoles, sin embargo todo el comercio capitalino amaneció cerrado.

Después de diez días de marcha desde Rivas, Nicaragua, las tropas habían hecho el último tramo del recorrido en muy poco tiempo, ayudados por las bestias que el pueblo entero facilitó para aliviar el cansancio de tantos días de caminar. Con los primeros rayos del sol se divisó en el Paso de la Vaca el inmenso acompañamiento de vecinos, familiares, esposas y niños que fueron a “toparlos”.

La aglomeración en torno a la Casa del Gobierno se empezaba a sentir bajo el calor de un inclemente sol de mayo. Todos querían ver al general Mora, a sus oficiales y al valiente Ejército Nacional.

Al divisarse la punta del desfile triunfal, la muchedumbre congregada estalló en gritos de ¡Viva Mora! y las campanas de las cuatro iglesias echaron al vuelo en medio de las salvas militares y cañonazos.

Flanqueando los balcones de Palacio Nacional colgaban banderas, insignias y festones. En algunos arcos, emotivos estandartes de lienzo con los nombres de heroicos combatientes caídos en las cinco batallas principales y en torno a ellos, grupos de viudas y huérfanos que, ante las muestras de afecto y gratitud de conocidos y desconocidos, les resultaba imposible ocultar su tristeza y dolor.

Desde los templetes del arco del Palacio, niñas primorosamente vestidas de blanco lanzaban flores al paso de los soldados, en tanto en la Factoría de Tabacos, madres e hijas guarecían con vistosas escarapelas nacionales las medallas de oro que más tarde serían entregadas por el propio Presidente Mora y tejían coronas y ramilletes que ofrecerían luego a los héroes victoriosos desde los balcones de la Casa del Gobierno.

Entre la música de las bandas y los vítores de la ciudadanía, la comitiva siguió su ruta por la Calle del Palacio, pasó frente a la casa natal del presidente Mora, dobló al este en la esquina de la Plaza Mayor, saludó a los oficiales que esperaban en el balcón del Cuartel Principal y se detuvo frente al atrio de la Iglesia Catedral, el principal espacio convocante de un pueblo que pocos años atrás estrenaba su diócesis.

Allí, el presidente de la república y capitán general don Juan Rafael Mora y monseñor Anselmo Llorente y La Fuente, primer obispo de Costa Rica, acompañados por las autoridades civiles esperaban bajo palio la llegada del desfile entre salvas de cañón y el tañido de campanas de las cinco iglesias capitalinas. Tan pronto ingresaron al templo, un coro de señoritas entonó el Salve Regina y el obispo, revestido de los ornamentos solemnes, dio inicio al Te Deum en una Catedral abarrotada por el gentío.

Lorenzo Fortino había elegido la capacidad expresiva de una alegoría para adornar el salón principal de la Universidad de Santo Tomás, donde luego se ofrecería el banquete. Más que una simple impresión estética, el maestro procuró en su afán academicista un llamado a la reflexión a través de la construcción imaginaria.

Había mandado levantar un pedestal blanco donde escribió con letras doradas los nombres de Santa Rosa, Rivas, Sardinal y La Trinidad. Sobre él descansaba una hermosa niña mestiza, portando en su mano derecha una lanza de la que pendía el Pabellón Nacional y a sus pies un jaguar humillado, vencido y muerto. Presagiando el destino de la Patria Niña, no había más armas en la escena que la simbólica bandera nacional. Con ello, Fortino quería lograr la transposición dramática de las cuatro batallas traduciendo simbólicamente la victoria.

Todo lo que el maestro alcanzó a ver ese día desde su ventana en la calle del Palacio, llevaba en sí la sensación de placer y el sentimiento de satisfacción de un resultado grato y bello: el deleite visual del ornato de las calles, el movimiento de las insignias y banderas con la brisa de mayo, el olor de las flores en los arcos, el sonido de la música de las bandas durante el desfile y, más tarde, la paz en la oración de gratitud ante la imagen del Señor San José y el sabor de las viandas en el banquete de la Universidad. Todo, absolutamente todo resultaba en las más gratas experiencias subjetivas de bienestar emocional y resumía el ideal de la belleza en la joven república.

Era un patrón estético simple, imbuido del reciente pasado colonial y aspirante –con solapada envidia– a los goces de Europa. Al fin, Europa era el metro que todo lo medía desde que el país empezó a gozar la bonanza de la exportación del café. El café permitía a las clases acomodadas lucir prendas de fina factura importadas de Francia y Gran Bretaña, deleitar los oídos con los pianos europeos que vistieron 36 casas en la ciudad, degustar en el banquete de bienvenida los finos ultramarinos que importaban varios comerciantes capitalinos desde Holanda, Bélgica, Alemania, Francia y España y la extensa variedad de vinos que llegaban de estos últimos.

Desde la cómoda banca del solar de su casa, el maestro Fortino repasó esa noche el ideal de la belleza en la naciente patria que lo acogía, intentó interpretar los juicios del gusto de los costarricenses a través de los sencillos arcos de las calles, el calor de la fiesta, la música de las guitarras y las marimbas en los bailes populares, el gusto de las viandas y las conmovedoras escenas del reencuentro familiar. Era un momento histórico. La estética no podía ser ajena: rayaba en un nacionalismo sublime cuando todo Costa Rica celebraba por primera vez una victoria decisiva.


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