Campaña Nacional

El ejército costarricense se pone en marcha

Para asegurar la cooperación de Guatemala y de El Salvador, que no había podido obtenerse todavía, el Gobierno acreditó Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario al doctor don Nazario Toledo, respetable guatemalteco residente en Costa Rica, y como Secretario al licenciado don Juan José Ulloa. El doctor Toledo había prestado importantes servicios al país, y el licenciado Ulloa los prestó más tarde en igual alta escala.

Entre otras providencias dictadas por el gobierno, el Ministro de Relaciones y de Gobernación, don Joaquín B. Calvo (1), dirigió una comunicación al Agente de la Compañía Accesoria de Tránsito de Nicaragua, previniéndole suspender los viajes de los vapores, mientras durasen las hostilidades contra los invasores del suelo centroamericano, y para que no pudiera alegarse ignorancia de esa notificación, se remitió copia de ella a los cónsules y gobiernos extranjeros.

No es posible imponerse de la situación de Costa Rica en aquellos días de excitación y alarma, sin sentir, a la vez que diferentes impresiones que elevan el patriotismo, una legítima satisfacción, examinando las acertadas dispo¬siciones emanadas del Gobierno, para que la administración interior no sufriera alteración durante la guerra, y con el fin de estimular la producción de los principales artículos de consumo. Con tales objetos, el Ministro Calvo dirigió una circular a los gobernadores de las provincias y comarcas, y en ese documento, expedido el 5 de marzo de 1856, en que sobresale el más acendrado patriotismo, se evidencian la prudencia y sabia previsión necesarias en semejantes ocasiones.

“Cuando el Presidente de la República —dice el Ministro Calvo— y millares de ciudadanos se separan de sus familias, de sus bienes y comodidades, marchando a combatir a los enemigos de la América Central, cuando corren a derramar su sangre, a exponer su cara existencia por la patria, nosotros, los que aquí quedamos, tenemos deberes muy sagrados que cumplir.

“Jamás se ha emprendido una guerra más justa y nada lo comprueba mejor que el unánime entusiasmo, el ardor bélico de esa noble juventud que acabamos de ver marchar a rescatar a sus hermanos del yugo infamante que los oprime, que vuela ansiosa a pelear por el honor, por la independencia, por el porvenir, no sólo de la pacífica y venturosa Costa Rica, sino de toda la América Central.

“Pero la guerra, por justa que sea, es siempre una funesta calamidad para las sociedades; sólo el patriotismo de los gobernantes y de los pueblos puede disminuir sus deplorables consecuencias. No se limita el amor patrio a empuñar las armas, corriendo al campo de batalla a pelear por el honor y la libertad nacional, ni menos es tan sólo con las bayonetas con lo que se combate al enemigo. Cuando el Supremo Magistrado y tantos dignos ciudada¬nos van a arrostrar todo género de privaciones y de peligro; cuando en aras de la patria hacen el sacrificio de separarse de cuanto aman y poseen; cuando, por preservar a todos de la cruenta ignominia de ser subyugados por una horda de forajidos van a prodigar su sangre y sus vidas, ¿podría disculparse a los que, permaneciendo sin riesgo en sus moradas, no contribuyesen con sus recursos y esfuerzos a aminorar los desastres de la guerra y no trabajasen con ardor por el bien general de los pueblos?

“Si en todas las épocas la negligencia de los gobernantes y el egoismo de los ciudadanos son un delito, en ésta, esa negligencia y egorno serian un crimen imperdonable, un crimen de lesa patria”.

El entusiasmo por la guerra era general entre nacionales y extranjeros. Se recuerdan con agradecimiento una manifestación de la colonia alemana y muchos servicios valiosos prestados por miembros de ella y por otos extranjeros de grata memoria.

El ejército expedicionario se reunió en San José en la trde del 3 de marzo. Formaban parte de él distinguidas personas y lo más lucido de la juventud costarricense.

El cuatro en la mañana se puso en marcha la vanguaria, compuesta de 2.500 hombres, al mando del General don José Joaquín Mora.

El siete, el Presidente Mora, por decreto de esa fecha, asumió en persona el mando del ejército expedicionario, y llamó para que ejerciera el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, al Vicepresidente de la República, don Francisco María Oreamuno.

Don Juan Rafael Mora, acompañado del Estado Mayor, del Subsecretario de la Guerra, don Rafael G. Escalante, y de numeroso séquito de personas, llegó a Puntarenas el doce, en camino para la ciudad de Liberia, donde, pocos días después, se reunió con el grueso del ejército de operaciones y algunas tropas que había organizado el General don José María Cañas, Comandante de la provincia de Guanacaste.

(1) Padre del autor de esta reseña, quien lleva el mismo nombre.


Relacionado:
(Visited 116 times, 1 visits today)

Comentar en Facebook

comentarios

Este sitio utiliza cookies. Conozca más sobre las cookies