160 aniversario victoria Campaña Nacional

Un grupo de esparzanos celebran la victoria del
Ejército Nacional contra la invasión filibustera

Carlos Borge Carvajal

Cuento con personajes reales.

La mañana había amanecido con un vientecillo del sur, que anunciando el agua por llegar. El viento botaba los últimos mangos, ya casi agusanados, de los esbeltos árboles de la plaza de ganado Los Mangos, que estaba frente a la Casona de La Pastora. Los peones de don Ignacio Arancibia andaban presurosos construyendo una gran enramada debajo de los palos de mango para que allí pernoctaran los heroicos soldados, que solo hace seis días habían hecho rendirse al filibusterismo norteamericano en las calles rivenses.

Desde las cuatro de la mañana habían ido los hacheros al monte a cortar postes horqueteros de guachipelín, largueros o palos rollizos, bejucos de ajillo y de tripa de gallina para las amarras. Ya a las once habían enterrado los horcones, atravesado los largueros para el techo y estos fueron firmemente amarrados a los horcones con los bejucos. Luego del almuerzo pondrían la techumbre de palmas y ramas de almendro.

Mientras tanto, en los largos fogones de la cocina de La Pastora se cocinaba el maíz, las manos de piedra de las reses, los pollos, los garrobos, los frijoles y las distintas verduras. Encima de los fogones, en parrillas de palitos de naranjo agrio, se ahumaba el tasajo de carne de res. En las galeras de atrás, los matarifes y carniceros conducidos por la mano maestra de don Ignacio, mataban cerdos y novillos donados por Pedro Benavides, por Gaspar Araya y por Mauricio Soto. De Los Nances habían llegado ya unos garrafones de buen guaro de los Herrera. El trajín en la casona de La Pastora solo se interrumpía por un ¡Viva el general Mora! ¡Viva don Juanito! ¡Viva el general Cañas!

Desde hacía tres días que habían llegado los primeros soldados que venían enfermos y con ellos la noticia del triunfo. De los esparzanos que habían ido al combate habían muerto Francisco Bonilla, José María Fernández, los Hermanos Olivares y un indio de Jesús María. Volvieron con vida Simón Galvano, Pedro Obando, Joaquín Vega, Cristóbal Granados, Juan Mora Camacho y un muchacho –casi niño– de San Juan Grande llamado Rafael González.

A las cuatro de la tarde, un nutrido grupo de jinetes fue a El Tejar a hacer el tope del Ejército Nacional, formado por unas cuatro centenas de hombres encaitados y sombrero de paja, cruceta al cinto, cincho de cabuya, pañuelo rojo al cuello y sus caras curtidas al fragor del combate, reflejando en su semblante el orgullo y honor por defender la patria y hacer que los machos mordieran el polvo de las calles de Rivas. Bombetas de mecate, música de chirimía, gritos bajureños y vivas a toda voz se confundían entre aquel gentío. Las señoritas se apostaban al lado de la tapia del cementerio, luciendo sus mejores naguas y flores de amapola en sus cabellos, tratando de llamar la atención de aquellos valientes mozos. La calle del Arreo se llenó de las gentes de aquella aldea, que podía ser indolente según un viajero europeo, pero jamás aburrida.

En las improvisadas mesas hechas con varillas de guácimo se colocaron sabrosas comidas para los soldados. Tamales de cerdo, yoltamales de maíz tierno, tortillas comaleras, bizcochos dulces, pedazos de tasajo ahumado, una frijolada con pellejo de chancho, picadillo de papaya, chicharrones de panzada, gallos de chorizo de cerdo y de moronga. No podían faltar las bebidas de chicha, chicheme, pinolillo y el sin igual guaro de Los Nances. Dos marimbas de un teclado, una chirimía, un violín y un viejo tambor de cuero hacían las delicias de aquellos mozos que por primera vez en dos años hacían algo distinto que combatir y aguantar el calor de Nicaragua.

Mientras, en la casona de don Ignacio Arancibia se habían dispuesto las habitaciones para el general Mora y sus ayudantes. El hondureño general Florencio Xatruch se había alojado en casa de su joven mujer con la que ya tenía un pequeño llamado Onofre Xatruch. El coronel José Carmen Díaz Reñazco se alojó en el nuevo hotel fundado por su compañero de armas coronel José Guerrero, que había llegado a Esparza un año antes, herido en combate. Ambos eran muy amigos y habían compartido hazañas en San Jacinto y Rivas al mando del general Fernando Chamorro, del que fueron sus asistentes.

A la luz de las velas y los mecheros colocados en las esquinas de la gran sala de la casona en La Pastora se dispusieron largas mesas de caoba, con manteles bordados con finas filigranas, platos de porcelana de oriente y copas de cristal europeas, los cubiertos de plata chilena. Los invitados especiales habían estado un rato en el largo corredor que daba a la plaza de Los Mangos, separada por una cerca verde de gusanillo, amapolas, altos cactus y una enramada de granada con bancas y una hamaca. Allí se tomaron un aperitivo de aguardiente con cáscaras de mandarina y dulce de tapa, como tentempié unos chorizos de chillán sobre tortillas con pebre. Luego pasaron a la sala para la cena de honor. En los extremos de la mesa se sentaron Mora y Arancibia.

El hacendado chileno, íntimo del presidente Juan Rafael Mora hizo el brindis dedicado a su amigo ausente y a los generales Mora y Cañas. El cura José Ana Fernández, quien había traído cuatro damajuanas de vino de la sacristía, hizo una oración de gracias y el coronel Carmen Díaz declamó un poema de su autoría, ya en el incipiente estilo que luego seguiría Rubén Darío. Se sentaron a disfrutar de las delicias que habían preparado las hermanas Moraga, tres cholas de la isla de Chira que trabajaban en La Casona, siempre bajo la mano conductora de la joven esposa de Arancibia, doña Rafaela Flores.

Primero sirvieron como plato frío un salpicón chileno de mano de piedra, acompañado con tortillas chireñas de maíz amarillo. Luego sirvieron una olorosa sopa de mondongo con quelites de ayote y papas de San Ramón, acompañada de tortillas esparzanas de maíz maicena. Seguidamente y como plato principal, un estofado de garrobo –de chuparse los dedos– con arroz blanco y pan español. Esta exótica comida no dejaba de sorprender a los comensales que desde dos años no probaban el pan, casi nunca habían comido arroz y por supuesto nunca habían comido garrobo, ese reptil gris negruzco que se asolea por las mañanas en los palos de guanacaste y de jobo. Con sus manos, porque al final no hay otra forma, se llevaban a su boca aquellas sabrosas patas y los rabos de los bichos. El vino del padre se servía con frecuencia y muy pronto se acabó.

Al final de la noche, todos se fueron a beber guaro con sus hombres que tenían su buena fiesta en Los Mangos y, al ritmo de mazurcas, bailaron frenéticamente, abrazados, hombre con hombre, en una solo ritual igualitario en que toditicos unían sus corazones alegres por haber vencido a los machos y haber fundado una patria, a sangre y fuego… la patria suya, la patria mía.

Al otro día como a las cinco, el corneta dio el toque de levantarse, aunque muchos no se habían acostado en toda la madrugada. Rápido levantaron el campamento, desayunaron tiste con bollo de maíz y a las seis tomaron rumbo a La Ramada por el camino de Las Mulas. Las casi mil almas de Esparza salieron a despedirlos e incluso algunos los acompañaron hasta el puente de Las Damas, aquel que había sido construido años antes con las piedras del lastre del bergantín Monarch.

Al caer la tarde, salieron a caballo hacia los “pueblos de arriba” don Ignacio Arancibia, el coronel José Guerrero, el coronel Carmen Díaz, don Pedro Benavides, don Nicolás Benavides, don Gaspar Araya, don Mauricio Soto, el cura Fernández, el coronel Salvador Policarpo López (asistente del general Xatruch) y don Lorenzo Alvarado. En dos carretas de bueyes de don Joaquín Jiménez llevaban la comida, las bebidas y las carpas para dormir. Los boyeros eran don Cristóbal Granados y el jovencito Juan Mora Camacho, jefe de los lanceros indígenas de Pacaca, quién ya vivía en Esparza y que años más tarde sería capitán del Ejército en tiempos de Tomás Guardia.

Antes de partir se dieron una vuelta por el pueblo, tratando de que los vieran sus enemigos –y enemigos también de don Juanito– el cura Ramón Isidro Cabezas retirado por faldero, el peruano don Ignacio Guevara, Juan Ugalde y su hijo el bachiller José María Ugalde, todos los cuales serían luego incondicionales de los Montealegre. Caracolearon sus caballos al son de sus gritos y vivas, repicaron para hacer polvareda delante de la casa de don Juan Ugalde y se largaron por la calle de Arriba, buscando la quebrada del Cura. Tarde de la noche ya estaban en La Ramada y habían alcanzado al grueso de la tropa “de a pie” que ya dormía en la plaza de aquella pequeña aldea.

Muy pronto, estarían entrando a San José acompañando al general Mora en la entrada triunfal a la capital de la república.

Fuentes

Marcos Hernán Elizondo Vargas. Biografía Completa de la Ciudad de Esparza 1574-2000. Sin Publicar.
Mario José Borge Castillo. Testimonio de las batallas de San Jacinto y Rivas del coronel Manuel Borge
Morales, asistente del general Fernando Chamorro y Genealogía del general Sandino. En periódico La Prensa de Nicaragua.
Conversaciones con Guillermo Borge y con don Lalo Gámez (q.e.p.d.); ambos vivieron en la casona de La Pastora.


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