El cólera aparece en Rivas y el ejército de Costa Rica regresa

La batalla del 11 de abril, librada, como se ha visto, después de una sorpresa y luchando por varias horas, casi cuerpo a cuerpo, dejaba el lugar de la acción cubierto de cadáveres y el hospital de sangre lleno de heridos. El ejército estaba fatigado por la lucha y no había tenido provisiones aquel día ni el anterior; pero la primera atención fue cuidar de los heridos con el mayor esmero, y enterrar a los muertos, confundiendo en esta obra misericordiosa los restos de nuestros valientes con los del enemigo, que tan cara habían pagado su osadía. “Del Estado Mayor de Walker sólo el capitán Sutter sobrevivió (1).

Batalla de Rivas del 11 de abril de 1856. Óleo sobre tela, de Óscar Vargas, 1982

Batalla de Rivas del 11 de abril de 1856. Óleo sobre tela, de Óscar Vargas, 1982

Los soldados de Costa Rica, pronto recobrados de la sorpresa, se habían portado bizarramente, usando sus armas con serenidad precisión, escogiendo los jefes con exactitud fatal (2), así, pues, allí se enaitraban los cadáveres de numerosos filibusteros de lo más distinguido entre los invasores”.

Los heridos estaban atendidos por el cerpo médico del ejército, bajo la dirección del doctor Hoffmann, y al propiotiempo, la ciudad de Rivas fue puesta en perfecto estado de defensa; pero esgraciadamente, desarrolló allí el cólera, que desde el año anterior había apaecido en Nicaragua, y la peste hacía tales estragos en las tropas, que se hizo ndispensable el regreso a Costa Rica, a la mayor brevedad posible. Se dieron, n consecuencia, las disposiciones correspondientes para la marcha, y el General Presidente, con ese motivo, expidió la siguiente proclama:

Jefes y Oficiales del Ejército y comjhiñers de armas:

Vuestro Presidente, vuestro General en Jefe, ha querido reuniros en derredor suyo para manifestaros su satisfacción pr la noble conducta que habéis observado desde el principio de la campaña hata este día.

Antes de lanzarme en la empresa que le acometido en obsequio de la independencia centroamericana, tenía fe en vuestro valor, en vuestra abnegación, en vuestro sufrimiento, en vuestra disciplina; pero vuestro comportamiento ha excedido a mis esperanzas. Habéis llevado esta: cualidades hasta el heroísmo.

No es sólo admiración el sentimiento que me inspiráis, es también afecto y ternura. Habéis hecho más que vuestro deber. Sólo por exceso de bravura es que Costa Rica ha perdido en los campos de batalla de Santa Rosa y Rivas, tan distinguidos defensores de su libertad, flor y esperanza de la Patria.

Puedo dar testimonio de ello, porque en la gloriosa jornada del 11 he visto morir algunos de vuestros hermanos, y el dolor que sentí sólo pudo ser compensado por el orgullo de tener a mi lado a los únicos campeones armados en defensa de Centro América. He derramado lágrimas de pesar y entusiasmo.

Si antes amaba a mi país como hijo, hoy, merced a vuestras hazañas, me enorgullezco de ser su Jefe.

Gracias, jefes y oficiales del ejército, porque con los triunfos de Santa Rosa, de Rivas y de Sarapiquí, habéis dotado a Costa Rica con la página más brillante de sus anales. Gracias, porque la gloria con que habéis cubierto vuestro nombre, no la habéis adquirido en un;a lucha fratricida, sino que la habéis conquistado, solos, en una guerra santa cointra los invasores de la América Central. Gracias, porque habéis dado un ejennplo y una lección a nuestros enemigos y a nuestros adversarios; un ejemplo lanzándoos, sin esperar auxilio, a la defensa de los derechos centroamericanos;; una lección, probando a los filibusteros de Walker que en los combates de catorce minutos como en Santa Rosa, lo mismo que en los de veinte horas, comió en Rivas, las emboscadas del revólver y del rifle no resisten el empuje de lais bayonetas costarricenses.

Jefes y oficiales; derrota de los filibustercos en cuantos encuentros hemos tenido, ocupación de San Juan y de Rivas, posesiión de la línea de tránsito, tales son los resultados de nuestra corta campaña. Ai pesar de mil obstáculos y de peligros independientes del cálculo humano, heñiros hecho por ahora lo bastante para el honor de nuestro nombre, para la gloria del ejército, para el interés de la República.

No hay deshonor en cejar ante la influencia de un clima insalubre. Podemos retirarnos hacia nuestro territorio con serenidad y erguida la cabeza, dejando escarmentado y a distancia un enemigo exhausto, sin prestigio, sin recursos, mejor preparado para la fuga que para la resistencia. Si continúan siendo formales los pactos ajustados con Guatemala, El Salvador y Honduras, bien pueden nuestros aliados acometer la fácil tarea de acabar con los bandidos que profanan todavía una parte del territorio nicaragüense.

Compañeros de armas: os reitero la expresión de mi gratitud y de mi afecto. Habéis sufrido con igual valor la inacción del campamento que los peligros del campo de batalla. Tan intrépidos bajo el fuego enemigo, como sufridos ante las privaciones de las campañas en un país extraño y asolado por la guerra, regresad a vuestras fronteras, seguros de que la Patria y yo reconoceremos vuestros servicios.

Cuartel General.—Rivas, Abril 25 de 1856.

Juan Rafael Mora

Al despedirse el Presidente Mora, nombró al General Cañas General en Jefe del ejército. Este Jefe, popular y querido, de acuerdo con el doctor Hoffman, y con el objeto de evitar los males que pudiera acarrear a los enfermos y heridos la precipitación en la marcha, dispuso el envío de ellos a San Juan del Sur, donde debían aguardar la llegada de los buques que los condujeran a Costa Rica. De este modo el ejército quedó enteramente expedito, para verificar la retirada, y el 26 de abril, después de la salida del Presidente de la República y det Estado Mayor, las tropas se pusieron en marcha hacia sus hogares.

“Al comunicar al Ministerio, dice el parte del Cuartel General de Rivas, esta urgente medida, dictada por los progresos alarmantes del cólera y la necesidad de atender a la salud de nuestras valientes tropas, no puede menos que deplorarse que una calamidad superior a las fuerzas humanas detenga el curso de nuestros triunfos y la ruina del filibusterismo. Queda incompleta la campaña; pero está salvo el honor costarricense”.

Y, en efecto, aquella calamidad fue tanto más de lamentarse, cuanto que, entre otras víctimas de ella, muy sentida, sucumbió el valiente Coronel Juan Alfaro Ruiz.

“En aquellos días aciagos, cuando todos marchaban a escape, el Sr. Dr. don Andrés Sáenz, Cirujano del Ejército, y el señor Capellán Presbítero Dr. don Francisco Calvo, dieron ejemplo de abnegación admirable, permaneciendo en Rivas, al lado de los enfermos del cólera, mientras su presencia fue necesaria” (3).

El Presidente Mora, después de corta permanencia en Liberia y Bagaces, y luego en su hacienda Los Ojos de Agua cerca de Alajuela, llegó a esta capital el 11 de mayo. El General Cañas permaneció en Liberia con refuerzo para proteger la frontera. El resto del ejército expedicionario llegó al interior a mediados del mismo mes.

El Ministro de Gobernación, don Joaquín B. Calvo, con su celo característico, dirigió circulares a los gobernadores de las provincias el 7 y 13 de mayo, disponiendo lo conveniente para evitar los estragos del cólera, y el doctor Hoffmann publicó algunos consejos acerca del tratamiento que debía darse a los atacados de la peste; pero todo fue en vano, y Costa Rica sufrió la pérdida de considerable número de sus habitantes (4), y, entre ellas, la muy lamentable del Vicepresidente de la República don Francisco María Oreamunó, muerto el 23 de mayo de 1856, en la ciudad de San José (5).

(1) James Jeffrey Roche, The Story of the Filibusíers, folio 107.
(2) James Jeffrey Roche, The Story of the Fil’bustenrs, folio 106.
(3) J. B. Calvo, hijo, La República de Costa Rica en 1886, folio 318.
(4) El Dr. Estréber, encargado del censo de 1864, dice que el cólera y la guerra 1856 y 1857, devoraron por lo menos 10.000.
(5) Véase J. B. Calvo, hijo, La República de Costa Rica en 18S6, folio 292.


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