Capítulo VIII


No pocos pensamientos traían también al retortero a José Blas. Ni pizca había advertido de los apuntes amorosos de don Sebastián: ¡insensato él, si se hubiese metido en mala hora, en los asuntos que concernían a su padrino! Su adoración por Cundila redobló con los días, pero una barrera se le oponía a continuar adelante: ¿Cómo pedirla a los tatas? ¡Aquella sí era una empresa morrocotuda para el Moto!

-Sería alcanzar el cielo con las manos -dijo -ponérmele en frente a ñor Soledá-. No había más camino que seguir: irse al padre Yanuario; mediante él podría obtener lo que deseaba: ¡Era el clérigo tan bueno!: un paño de lágrimas para los necesitados. Cuando chiquillo muchos medios le dio y siempre que lo topaba por la calle decíale: -Ydiáy José Blas. Me voy a morir sin verte casado.

Y sin más ni más, aquel domingo se dirigió a casa del cura. Entróse el Moto por el portón de la calle, cruzó el patio empedrado, echó una ojeada a las trojes repletas de maíz y frijoles, a las pocilgas llenas de cerdos -fruto de las primicias- y a los corrales, oscuros por el sinnúmero de aves que había; llegó por la cocina, tuvo algunas palabras con mana Silvinia -beata al servicio de don Yanuario- y supo por ella que el cura estaba en la sala y su hermana en la iglesia. José Blas discurrió entonces de puntillas por las habitaciones interiores y tocó la puerta que daba al cuarto del Padre.

-Upe, upe, tata-padre -habló el Moto, impresionado no poco y con un friecito que le subía de las piernas a las caderas.

-Adelante, -respondió don Yanuario dirigiendo la vista por encima de los quevedos y fijándola en la puerta entornada ya por el Moto, quien se entró diciendo:

-Bendito, alabado sea el Santísimo Sacramento del altar; buenos días le dé Dios tata-padre- y poniéndose de rodillas besó la mano del cura.

El cual contestó:

-Así los tengas, hijo; que Dios te haga un santo- colocando una cinta de señal en la página de su lectura interrumpida de la Biblia.

Hizo crujir el sillón al dar la media vuelta sobre el asiento y como pudo acomodó el rollo de sus carnes.

El padre Yanuario era un misacantano de esos que se hacen estos cargos:

“Barriga llena, corazón contento y de ahí, vayan a la trampa ilustraciones y literaturas. Deme el Señor suerte, que el saber nada me importa; sepamos vivir como Dios manda y San Se Acabó.

Por lo demás su vida regalona podía resumirse así: levantarse tempranito, tomar leche al pie de la vaca, comer mucho, pero mucho; cristianar, casar o expedir el pasaporte para la otra vida a quien lo necesitase; darse una vuelta por sus hacienditas, leer una vez perdida y estar en la tertulia con don Frutos, el cuartelero y demás yerbas. Por toda sabiduría, sus refranes y unos adocenados latinajos.

-¿Y qué viento te ha echado por aquí? -preguntó al Moto, quien ocupaba una silla con los brazos cruzados y el sombrero a los pies.

-Pos cosillas que nunca faltan.

-Vamos a ver: algo te traés, porque un color se te va y otro se te viene a la cara.

-Pos es el caso que yo vengo a decile una cosa que ya días me tiene molesto.

-Afuera lo que traigás en el buche: para eso vivo en el mundo, para servir a quien me necesite. Ya se me pone, que no hay ni enredo… alguna noviecilla te ha hecho perder el tornillo.

-La verdad dice, tatica. Yo como no tengo en el mundo más amparo que el Señor, se me ha metido agora en la cabeza casarme -primero Dios y María Santísima- con la hija de ñor Soledá.

-¡Ajajá! con que a esa le has puesto la pista.

-A la mesma.

-Pero hay que amarrarse los pantalones con esa pieza de Judas.

-Sí padre. Pero a usted le consta que yo pa picar un trozo de leña -es feo decilo- me sobran fuerzas; pa esmatonar o paliar -aunque es mala la comparación- me ando en un pie; tengo mi yuntica de bueyes sardos y pailetas aperaditas y más que todo, Cundila me quiere mucho, pero muchísimo. Ella en sus rezos pide a Dios que me vaya con bien tuitico y otro tanto hago yo.

Cuando hubo concluído, creyó hallarse en el aire; no se atrevió a mirar de frente a don Yanuario; ¡cuánto dijo en un momento! Paseó entonces la vista por los armarios que guardaban las ropas y dinero del clérigo, los libros de consumo con el oficio, las piñas y cohombros esparcidos por las mesas, hasta que el padre Reyes se puso en pie, de cuerpo entero, un tanto echado adelante por la doble carga de la joroba que a las espaldas tenía y del abdomen extraordinario que le colgaba. Y continuó: -Así me gustás: siempre hombrecito. Yo andaré todo ese asunto: dormí tranquilo, que San Cayetano mediante, de aquí a tres días se ha resuelto la cosa.

-Bueno Padre. Dios se lo pague. Hasta más lueguito -concluyó el Moto, besándole otra vez la mano.

-Sí, hasta que Dios quiera, niño- dijo don Yanuario, cerrando la puerta y yéndose a ocupar el sillón, donde, un cuarto de hora después, resoplando como un fuelle y teniéndose la papada con una mano, dormía a pierna suelta.

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