Capítulo X


¡Está visto! -rugió en la tarde de aquel infausto día don Sebastián: -este Moto lo que merece es una pela de las que saben. Vean las horas que son y no parece con el azulejo.

Al cual aguardaba don Sebastián para recortarle las crines y dejarlo como nuevo para el día de sus bodas.

Vuelto un energúmeno con el retraso de José Blas, salió echando chispas por los ojos a la casa de la madre de Panizo, a la cual dijo:

-Si está Grabiel, mandámenlo.

En dos trancos se puso Panizo a sus órdenes.

-Andá a los Horcones y ves qué le pasa a José que no llega.

Y corre que te corre fue a cumplir lo dicho:

-Allá está el potro, ¡él me ha de dar cuenta! -habló Panizo cuando lo vio en una planada del potrero ramoneando muy tranquilo.

-¡José Blas! ¿Qué es eso, hombré? Ñor Sebastián está muy bravo. Vámonos -insistió Gabriel mirando a su amigo oculto entre el zacate y con la posición de quien duerme incómodamente.

-¡Qué aigriada se va a dar, allí tirao tan a la pampa! -prosiguió Panizo, quitándose su chaqueta, le abrigó la nuca.

-¡Santo Dios!, si José está hecho una lástima, -e hincando las rodillas, por un sudor frío bañado, examinó el cuerpo de su amigo: la cara ensangrentada, desfigurada, con una herida en la cabeza y las manos y los pies llenos de arañazos y lo peor, una calentura en que ardía todo él.

Y llevándose ambas manos por delante de su boca, rezó un credo a la finada Colasa, para que ella desde el cielo mejorase a su hijo.

A pesar de los ayes lastimeros de José Blas, su amigo le alzó por peso y echó a andar, con permiso por supuesto del Singo, que un poco refunfuñón le siguió paso a paso, con el rabo entre las piernas, hasta llegar a la casa.

-¡Vean lo que conviene! No hay caso: en su libro estaba escrito -decía una hora después don Sebastián, cuando Panizo vino a contarle lo ocurrido y a avisarle que se dejaba al Moto en su casa porque era imposible traerlo hasta la de su padrino.

Y el viejo sin echar una lágrima fue a ver al herido, alegrándose de encontrarse, gracias al caritativo Panizo, libre de las molestias y cuidados consiguientes. ¡Bonito estaría él, cuidando enfermos, en vísperas de su casamiento!

La noticia de lo acaecido al Moto, corrió al día siguiente de boca en boca, arrancando expresiones de dolor a cuantos la recibían: -¡Pobre José Blas, yo creí que su sino era más favorable! -exclamó don Frutos. -¡Tan inteligente el muchachillo! Entre los de su edad fue el primero que aprendió la cartilla.

-¿Si no se persignaría Blas antes de irse? ¿Quién sabe a qué santo se encomendó? -apuntaba apesarado don Yanuario.

-Pero vé, Soledad, cómo nadie está a salvo de una desgracia: diz que al ahijado de Sebastián lo maltrató un indino caballo ayer:

-Chi, chi, chi… Posible… Hágase tu voluntá Señor, así en la tierra como en el cielo.

-Pero ya ve… -interrumpió doña Micaelita anegada en lágrimas -lo que conviene, viene: pa la suerte y pa la muerte no hay escape.

El corazón se lo avisaba cuando llegó Gabriel y le dijo:

-Cundila, José está impedío… Muy grave… pida a Dios por él.

-Y eso de quéeee… no digás esooo…miráaaa…ingratísimo- vociferó la moza corriendo detrás de Panizo, el cual dio la noticia y se largó.

-¿Será posible?…¡Dios libre! ¿Y agora qué hagoo?-; mesándose el cabello se llevó en seguida las manos a la cara y soltó unos gritos de dolor.

Con el pelo destrenzado y caído en desorden por la cara y el cuello, con los párpados hinchados se presentó ante Chon. La india la recibió con estas palabras:

-Niñá, te me has parecío a la Llorona, así como venía. Mirá lo que hace Dios, tu negrito crespo iz que lo escuartizó un caballo.

-¡Por José lloro y nada más! -zumbó Cundila, con aspecto huraño y dando un golpe con el pie. -Bien sabe Choncita cuánto lo quiero. ¿Se acuerda lo que de él he dicho? ¿Se acuerda cuando viene con el diezmo, lo contento que se toma l’agua dulce que yo le tengo lista? Y en las tardes… cuando la molida en el trapiche… Y en el fandango… y agora qué hagoo… ¡oh Dios tan ingrato! Vea Chon, parece que yo era sabia: el corazón no me cabía en el pecho de un gran susto…:desde que llegué al río, un grillo estuvo gritando pero muchísimo y al motete de ropa llegó una gran paloma negra.

-¡No digás eso, hijitica! Mana Miquela y yo no jallábamos qué hacer con unas tortolillas, que por los mangos del cercado cogieron un cucuuu, cucuuu, que partía el alma.

Y ambas encendieron una vela, rogando a la Negrita de los Ángeles, para que mejorase al Moto.

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