Capítulo XIII


Amaneció al fin el veinte de enero. La noche anterior había sido de silampa densa y el cielo apareció encapotado. Corrido un buen trecho de la mañana, dos nubes se abrieron a modo de paréntesis y el sol se descubrió colorando la extensión campestre.

Las montañas del Sur -que en las tardes de julio presentaban un turquí intenso y en las noches un color de negro humo acentuado- ofrecían entonces un paisaje raro: los montecillos echados unos sobre otros parecían escalas para llegar a la cresta; las copas verdeoscuras de los árboles semejaban -vista de lejos- ondulaciones que morían en la cumbre; detrás de la montaña dos magníficos arco iris derramaban una luz celeste clara y uno como rosado velo tendido sobre la ladera completaba la vista.

La pareja se dirigía ya a la ermita: don Sebastián, delgaducho y tieso como una caña, lampiño, con sus pantalones de mandil. su cotona de jerga limeña y su guacalona prendida a la banda roja que cruza su cintura; Cundila, bien trajeada, coloradita como una acerola, con unos senos de conformarse apenas con el olor, un cuerpo de ver y desear y toda ella, como Dios quiso que fuera.

Cuando el momento de entregar las arras llegó, don Sebastián sacó del bolsillo con sus manos callosas, trece monedas ensartadas en una cinta y repartidas en reales y medios escudos.

El mueble aquel, de anchísima tabla puesta sobre patas cuadradas se las tenía en medio de los bancos, como el mejor de la sala y se llamaba -según don Soledad- el estrao. Encima de este se alzó el tálamo. Ahí subieron el padrino, la madrina, los desposados, don Frutos y lo más lujoso del acompañamiento: el resto ocupó los lugares bajos. Después de rezar en alta voz y en el coro el Padre Nuestro, don Yanuario se sentó en un extremo de la mesa y sin cumplidos puso las manos en el cuerpo doradito de una gallina y abriéndolo buscó la higadilla y las partes menudas.

Mientras los comensales saboreaban aún el huevo, ya el fraile tocinudo, el bendito clérigo de misa y olla, habíase dado unos atracones de picadillo y tortas.

-Traeme un poco de tibio -ordenó a la sirvienta- y sacando del bisunto bolsillo de la sotana un negro y labrado coquito, con borde de oro, siguió: -Aquí q’me lo echen, tomá.

Concluído el almuerzo cada cual cogió su potro y montó sobre su aparejo; la novia se acomodó en un sillón forrado en pana roja, rodeado de barandilla adelante y atrás y por estribo tenía una tableta. En grupo cabalgaron hacia la casa de doña Benita, donde se les recibió con música de cuerda, papín cortado y conserva de chiverre.

Al caer de la tarde, don Soledad Guillén sólo pensaba en los trabajos del día siguiente.

Los novios se instalaron en uno de los cortijos de don Sebastián y los asistían los padrinos, quienes, ya entrada la noche, se retiraron no sin haberlos antes conducido al lecho nupcial e indicándoles las múltiples ocupaciones que ambos llevaban al nuevo hogar.

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