Capítulo IV


José Blas era su nombre de pila, de acuerdo con don Yanuario, los tatas, el padrino y algunos allegados. Aún no le habían despechado, cuando murió su padre, un campesino buenote y como Dios manda, escaso de haberes, mas una chispa para el trabajo, a consecuencias de una fiebre pescadita allá por las Salinas, es un verano que pasó con don Soledad haciendo algunos contratos de tercios de sal.

La madre por de pronto, continuó viviendo junto con su hijo de los almuerzos que de la vecindad le enviaban, amén de los realitos ganados en rezos, para los cuales es fama que se pintaba, porque poseía un memorión bárbaro para aprender cuanto en letras de molde se escribió, sobre trisagios y letanías.

Por lo demás, sus congojas eran muchas, sobre todo en las noches por la escasez de luz. Hartas veces tuvo que salir a la calle alumbrada por un tizón encendido o cuando más por un sartal de higuerillas: el candil y la vela de sebo, eran un lujo que apenas se gastaban los ricos como don Soledad.

Un día, como por ensalmo -cansado Dios sin duda de verla tan acoquinada en este mundo- la mandó unos ataques del corazón y al contar tres, no hubo más, y la señora Nicolasa, pues así se llamaba, arrolló los petates para el otro barrio, y la miniatura de José Blas, con seis años justos, fue entregada a su padrino don Sebastián Solano.

Se crió José Blas algo canijo, con los perfiles de su madre, a la cual no le perdió patada -en el sentir del clérigo don Yanuario.

Cuando entró a la escuela, alguno de sus compañeros, con atisbos de encono, le llamó el Moto y así se prosiguió apellidándole dentro y fuera de su casa.

De la cual salía luego de asearse lo conveniente y en unión de sus amigos echaba a andar, repitiendo en coro el Dios te Salve, hasta llegar a la escuela, donde se elevaba a Nuestro Señor la oración de entrada.

Era el maestro don Frutos un hombre descalzo, metido de piernas en unas bragas azules amarradas a la cintura por una banda de redecilla morada; una chaqueta cerraba su busto corto y apretado; tirando a mestizo, tenía los carrillos lucios e inflados como los de un trompetero, el mostacho de pelambre ralo y tieso como el de un gato, la melena lucia, sin una cana y partido en el medio por una raya hecha en la cabeza. Setentón era él, con una musculatura envidiable y muy potente para alzar de las orejas, hasta hacer ver a Dios, a cualquiera de sus alumnos. Los cuales a la sazón ocupaban toscas bancas y escribían en hojas de plátano y sobre las rodillas; por única pluma la del chompipe unos, la del zopilote otros, y por toda tinta el jugo del ojo de buey cele.

Don Frutos, maestro y sacristán, vivía muy campante entre sus discípulos, mozos todos en el verdor de los años, sanotes en su mayoría, quienes bien pronto dejarían aquel cuartucho largo y bajo de techo como una caja de fósforos, de suelo hecho rajas y costurones, de paredes viejas y con grietas -a modo de muecas- por donde salía a tomar el sol tal cual lagartija. Pues digo que aquellos muchachos contaban ya pocos días para no respirar más el aire tibio del camaranchón escolar y partir para sus labranzas a echarle el ojo a la moza de su gusto. De las cuales, don Frutos guardaba su puñado y bajo su férula, junto con los mancebos y a las que trataba punto menos que con dureza, pues muchas de aquellas manecitas se habían soplado tres o cuatro palmetazos de los suyos.

Don Frutos, solterón hasta la pared de enfrente, componedor de altares y muy arrimado a la iglesia, parecía llevar estampado en su frente ancha y de angulosas entradas: “La letra con sangre dentra”.

Y de veras que era un esclavo de este aforismo absurdo. ¿Qué el niño no sabía una de las cuatro reglas de aritmética ni las repetía como un loro? Allá te va tamaño reglazo por la cabeza. ¿Que no entendía en moral? Allá te va otro. ¿Qué no leía de corrido el Catón Cristiano o no recitaba al dedillo algún principio? Aguántese media docena de soplamocos por la cara o tres güizaros por las orejas. ¿Que alguno hacía de las suyas? Ándese por ahí y en un extremo del aula le ponía de rodillas sobre granos de maíz, con los brazos abiertos y una piedra en cada mano.

Los viernes llegaba don Frutos a la clase con un semblante alegrón -como que era el último día de su semana escolar- y aguardaba antitos de las nueve a sus discípulos, quienes junto con el Catón y el almuerzo, traían el punto. ¡Ah! ¡El punto! ¡Dios los librara! , si hubiesen llegado sin él a presencia del maestro, como quien dice, sin naranjas uno, sin dulce y bizcochos otros.

Entonces recogía los vales que durante la semana habían recibido algunos de sus alumnos, en cuanto del cuidadito que se tuvieron de llevarle el punto, de antes y con antes.

Al mediodía, don Frutos, saliéndose al umbral de la puerta y con la diestra sobre las cejas, miraba la carrera del sol calculando que serían las doce, después de las palmadas y el rezo de salida, hacía desfilar a sus discípulos, quienes marchaban para sus casas cantando el Santo Dios, Santo, Santo.

En esta escuela pasó José Blas hasta los catorce años. Después se le consideró en el pueblo como un poeta, un cancionero gracioso que desde chiquillo bailaba como el que más y para endilgarle un cuarteto a cualquiera era nones.

Así, pues, cuando algún amartelado quería halagar a la novia que habitaba por Cucubres o por las Cañas, buscaba uno que tocara la tinaja, otro la vihuela y quien acompañara con los caites y a José Blas para que soltase cuanto encerraba en verso dentro de las paredes del cráneo. El se ganaba la palma y a él se le prefería en los turnos, bailes y fandanguillos. Por esto y nada más, don Soledad habíalo dedicado a pedir el diezmo, por la gracia con que lo hacía.

José Blas a la sazón no tenía más amparo en el mundo que su padrino. La viejecita Avendaño, tía de don Sebastián y amiguísima de la que fue Nicolasa y con la que era como la uña y la carne, solía tratarle muy bien y decíale una vez que otra:

-¡Jesús, hijitico, ni cosa más parecida! ¡Si sos el retrato de la dijunta Colasa!

Tocaba ya los veintidos años y un ser no más era su encanto, por lo cual no se había ido a buscar una fiebre, por la costa y a cuyo recuerdo la muerte de su madre no le abatía por completo; para ese sólo iban sus requiebros de amor y por él, lo mismo recogía puntualmente el diezmo, como echaba abajo un árbol de la montaña.

Y era el tal ser Secundila Guillén, Cundila por cariño.

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