Capítulo XIV


La esquila de la ermita llamaba a la oración. El Padre Yanuario, con las manos sobre la barriga, se hallaba muy tranquilo en el umbral de la capilla, como contemplando el cariz luminoso de aquella tarde veraniega, cuando se llegó a él un mancebo macilento, a quien saludó diciendo: -Hola José Blas: ¡cuánto me alegro de verte! ¿Con que ya estás bueno?

-Hoy me levanté y aunque Panizo no quería dejarme salir, me le escapé esta tarde pa venir hablar con usté. Dígame -porque me muero por saberlo-. ¿Qué hubo del asunto que tratamos hace días? -apuntó el Moto con voz apagada.

-Hijo mío: no te aflijás. Nosotros proponemos y el Altísimo dispone. Secundila es hoy la esposa de tu padrino.

-¡Ella! … ¡Se casaron! … No puede ser.

-Es cierto, pobre José Blas.

-Sii… ¡ah! Maldito azulejo… ¿Onde estás Grabiel mentiroso…? no hay más… rugió con las manos temblorosas en puño, sacudiendo obstinadamente la cabeza.

-No hay más que resignarse, hijó.

-El Moto no replicó: un profundo sollozo salió de su pecho: quedóse inmóvil un instante y luego se alejó lentamente.

-¿Dónde vas? -le gritó don Yanuario.

-A las Salinas… al fin del mundo…. pa no volver. ¡Adiós, padre!

Y la campana con sus toques parecía responder al último adiós del Moto, el cual, claudicando de la pierna derecha partió al ocaso, sin rumbo , sin volver la cabeza: iba abrigado en las sombras de la noche, por entre la red de veredas, al través de potreros y cercados.

Desamparados, enero de 1900

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