Capítulo XII


-Hombré, como que oyí no sé onde, que mano Sebastián se casa con Cundila. ¿Vos qué sabés d’eso?

-Asina corre el cuento. La verdad es que dende le pasó el percance a Blas, yo no he vuelto por aquellos laos-contestó Panizo.

-Ya ves lo que es ser torcío. Al Moto no le conviene casarse con esa muchacha.

-Está perdido. ¿Qué tal? Con mano Sebastián pidiendo a Cundila, ¿quién se tiene?

Bien conocío lo tenés, que nosotros podemos querer mucho a la novia, pero si a un viejo de estos se le antoja casarse con ella, no hay tu tía; no le queda a uno más recurso que safase, aunque uno sea rico, trabajador y tenga el Catón necesario.

-Blas me lo ha dicho siempre: “Si me quitan a Cundila, no hay más que irse”.

-Pos es claro. ¿Ydiáy, qué le pasó a Ismael, el de mana Alifonsa? que pidió una muchacha y se la negaron porque no era un hombre, ni tenía el juicio y cárculo de viejos. Y a todo esto, iz que los novios van a ser de mucho rango.

-Sí, mama me contó que aquello parece un avispero, por el trajín que hay.

Este diálogo de ambos individuos, era punto menos que general en todo el barrio. Ya de paso o en visita ex profeso, los comentarios eran palpables. Aquí que: “¡Achará tan guapa muchacha pa un viejo!”; allá que : “Cundila se compuso llevándose un señorote como don Sebastián”.

¿Y el Moto? Desde la primera semana de su enfermedad apuntaron algunos vislumbres de razón: luego mejoró rápidamente, gracias a los exquisitos cuidados de la familia y un mes después de su desgracia preguntó a su amigo por Cundila.

No fueron pocos los apuros del pobre Panizo para ocultarle la verdad e impedir que llegasen al enfermo los rumores que corrían por el pueblo.

En uno de los primeros días de enero, don Soledad llamó a Cundila para decirla:

-Te hemos buscao pa esposo a Sebastián: el veinte se casan.

-Sea lo que usted diga, tatica -aprobó Cundila- con aquella sumisión que constituye el carácter saliente de la familia de antaño.

¡Así eran aquellos benditos tiempos y costumbres! Con esta resolución Cundila, por de pronto, quedóse perpleja. Más tarde un pensamiento la consoló: ¡Blas se quedaría, seguro, con don Sebastián! ¡Lo cuidaría como a un niño y mucho, ya que el estado de su espíritu así lo exigía! Esto guardaba, pues, de su amor: extremada compasión por José Blas.

A pocos pasos de la hija siguió doña Micaela y en conversación con su marido se dijeron:

-Como el día del matrimonio está cerca, es bueno que te busqués unas mujeres que te ayuden.

-Sí viejó, ya mandé a Rafelito a buscar aquellas cartagas, que iz que son de lo mejor pa eso de novios.

-Agora que me acuerdo, mañana voy onde la familia de Sebastián a dar el “parte”-

-También hay que encargar a Cartago, cinco docenas de platos y cucharas diuna vez, algunas docenas de tortillas bien aliñadas pa la gente de copete que venga.

Dicho esto, el par de cónyuges se retiró.

Muy avanzada iba la mañana del día siguiente, cuando el novio se encaminó a San José, a buscar la ropa adecuada a la condición de su prometida.

Muchos -entre ellos el alcalde y el cuartelero- habían deseado que se alquilase a la señora Berta un vestido de pursiana o de gasa que adrede tenía para esos casos, mas don Sebastián que en punto de orgullo era extremado, prefirió comprar en la tienda de don Maurilio, esquina opuesta al antiguo Mercado -hoy Parque Central- unas enaguas altas con tres guardas coloradas y otras oajacas, también de tres guardas azules a cuadros rojos, una toalla con crespones y una camisa semejante al corpiño actual, sin dobleces y con randas en forma de encajes o de patas de gallo. Los padrinos serían una hermana de don Yanuario y el Alcalde, personas ambas, que por su puesto y lustre darían más realce a las bodas.

Por lo demás, en casa de Cundila todo era preparativos: ya contaban degollados tres terneros y cuatro cerdos; las cartaginesas componían, con el gusto exquisito que las caracteriza, los lomos, lechones, rosquetes, picadillos y frituras.

Los parientes del novio, luego que daban los parabienes a la nueva pareja, dejaban su regalo de boda; aquéllos una pañuelada de huevos, éstos un par de pollos cañamazos o un marranito y cuáles una canastilla de bizcochos.

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