Capítulo VI


Bien decía el padre Yanuario: -“Bonitas las mañanas de abril y las noches de octubre”. Y aquélla con ser una noche del mes de mayo, no le iba en zaga a las anteriores; aquí abajo los campos respirando frescura y sosiego, y el Tiribí llevando la nota más alta del barrio al quebrar su corriente contra los pedrejones de su lecho; allá arriba el cielo limpio y azul, amplio escenario que servía de paseo a la luna, por entonces asomándose en la escotadura de dos jorobas, con su faz llena y radiante; las nubes formaban denso cendal por las laderas de las montañas y eran marcadísimo indicio de un aguacero contenido: ahora dejaban el valle e iban subiendo por las faldas o bien quedándose en la mitad parecían torres en el aire -ya se encaramaban por la cumbre y, como barridas en grupos unas detrás de otras-, a modo de grandísimos patos en desfile, si apenas le daban tiempo a tal cual picacho, para ostentar el azul oscurón de su frente.

Si en la naturaleza todo era quietud, en casa de doña Benita sucedía lo contrario : allí habíase concentrado la vida alegrona de las gentes del barrio.

Bajo el toldo de las cañas bravas al entrelazar sus copas y sobre un patio de suelo firme y plano, se desparramaban las agrupaciones de campesinos, dispuestos a bailar hasta más no poder.

Los músicos, a cual más parrandero, en su asiento de guayabo, arrancaban chillidos a la vihuela y al violín acompañados. De la masa compacta de hombres desprendióse uno y sacó sin cumplimientos la que fue de su agrado; corrieron luego otros y tirando de las jóvenes se prepararon a bailar. Ponían unos la diestra en la espalda y otros en los cuadriles de la pareja, levantaban por extremo el brazo izquierdo y harto separados, cogían una de dengues y meneos ridículos.

-¡El fandango, el fandango! -pidieron varios pasadas las tres primeras piezas-; ¡que salga el pueta con Cundila!

No se hizo aguardar el poeta y pareció entre el apretado círculo el mismísimo Moto, con su pelo arrollado en colochos por la cabeza, el ojo redondo y negro como el carbón, la oreja pequeña, delgado el cuello, el cuerpo enjuto y muy suelto de piernas.

Abriéndose campo y empujada por las amigas, estuvo después la más buena moza del barrio, y en los bailes la más espontánea. Con la frondosidad envidiable con que rompían sus tiernas envolturas las matas de maíz por los campos, así la galanota Cundila había desarrollado sus formas y adquirido esa redondez encantadora de una organización bien constituida.

A la sazón vestía ligeramente y era de verla con sus mejillas y brazos velludos, con toda la frescura de una calabaza en agraz y con sus dos trenzas echadas por la espalda y rubias como una melcocha de dulce.

Al rostro se le vinieron aquellos colores, por los cuales la india Chon acostumbraba decirla cuando la veía llegar de bañarse o de concluir alguna faena:

-Echá pa ver niña, esa cara es una rosa completa; parece rosa de Cartago con esas pinturas que Dios te ha dao.

Rompió la vihuela con el fandango y José Blas, en la misma dirección siempre, daba graciosos brincos.

Cundila alzó más arriba de la pantorrilla su enagua breve, movió las piernas y siguió a su novio. Este danzando alrededor de Cundila, la endilgó lo que sigue:

Asomate a esa ventana linda cara y te veré sacame una taza diagua que vengo muerto de sé.

Cundila debía contestar y girando en rededor del Moto le dirigió con mil monadas esta cuarteta:

No tengo taza ni coco nien que dártela a beber, solo tengo mi boquita qués más dulce que la miel.

Estos, al decir de los buenos viejos, “han quedao lucíos y tenía que ser asina, pos el pueta era muy listo y Secundila muy vivilla”.

¡Cuánto saboreó el Moto aquellos minutos del suelto!; expansión única en sus horas de amor. ¡Qué rigurosidad la de los padres de Cundila y no menos la de su padrino! Salvo las miraditas que so pretexto del diezmo podía cruzar con ella, salvo tal cual palique cambiado en las tardes de molienda en el trapiche, o en una vela o a las orillas del Tiribí -lo demás del tiempo era de dura faena para él-. Por esto … ¡oh, el fandanguillo!…

Pasaron nuevas piezas y volvieron a pedirlo. Bien pronto se vio entre todos una campesina redonda, encendida como una chira, que marcaba el compás con las piernas. Era la novia de Panizo y prima de Cundila. Cantó:

Ya con ésta me despido paradita en la corriente sólo mi negrito tiene colochitos en la frente

Panizo por apodo -sin duda por su color moreno subido- el mejor amigo del Moto y el depositario de todas sus confidencias, turbado por la gallardía dominadora de su pareja, olvidó la contestación y exclamó con voz entrecortada:

Ya con ésta me despid…o paradi…toen l´agua clara sólo mi negrita tiene camanances en la cara

Ya con ésta me despido florecita azul celeste: yo te he de querer negrita aunque la vida me cueste.

Así, cual más cual menos, se dio el gustazo de decirle mil lindezas a su novia en aquella fiesta tradicional de la Santa Cruz, única en el año en que se divertían de veras.

Algunos emparrandados no poco, con el guarapo que se habían echado entre pecho y espalda, cantaban entre piruelas versitos non-sanctos, para diversión de los concurrentes, quienes por su parte se reían y zapateaban.

Andando un buen trecho de la noche, el Moto partió para su casa y al despedirse de Panizo éste le dijo:

-¿Idiay? ¿cómo le ha ido con la parrandita?

-Bien que ni pa qué, mano Grabiel. Primero Dios me divertío bastante. Cundila se quedó con la tía. Hasta mañana

-Que Dios lo acompañe, hermano.

-Amén.

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