Capítulo III


¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! … exclamaba don Soledad desde su camastro, a las cuatro de la mañana del día siguiente, arrebujado aún en su cobo, con la cabeza ceñida por un pañuelo y con las manos llevadas a la frente.

-Gracia Concebida. Gracia Concebida. -respondió doña Micaela, luego Cundila y Rafael: por los cuartos sólo se oía el rumor de todos los peones contestando: Gracia Concebida.

El gamonal ensartóse los pantalones y los chanclos y publicó tres veces:

Todo el orbe cante con gran voluntá el trisagio santo de la trenidá: Santo, Santo, Santo es Dios de verdá siendo trino y uno con toda igualdá

Las últimas palabras se las cogió doña Micaela, para seguir cantando el trisagio otras tantas veces, ínterin se ajustaba al cuerpo las enaguas y ponía en su lugar las gargantillas y escapularios que de su cuello pendían.

-Santo, Santo… Viva Jesús, viva su Gracia… -repitieron Cundila y la india Chon, inseparables siempre, llegando a la cocina, donde iba a preparar el desayuno para los trabajadores.

Así empezaron, pues, las tareas cotidianas. En los patios algunos de los gañanes pasaban y repasaban la hoja de los cuchillos, machetes y hachas por el mollejón; otros se hacían por las coyundas; cuáles, arremangándose las perneras, se las ligaban con un cordel a las canillas.

Con ser aquel lunes el primero del mes de marzo y observando la costumbre largos años implantada, los dos hijos mayores sacaron el ganado de los potreros para llevarlo a tomar las aguas tibias y salobres.

Don Soledad y las cuadrillas de peones que a su servicio tenía, se repartieron las tareas. Rafael y otros cuantos ataron las terneras, para quitarles las marañas pelosas de la cola y hacer de ellas los durables cabestros. Esto, cuando no había que poner la marca candente en las ancas de los animales jóvenes; ¡operación difícil, en la que hubo de tenérselas tiesas con el gamonal!

¡Cuántas ocasiones ya la becerra tirada de costados, por el descuido de alguno, se levantaba mugiendo y repartiendo cornadas! Entonces, pobre del que flaqueó: con tres varillazos le aseguraba don Soledad su dolorcito de espalda, dos días por lo menos.

Como a las ocho de la mañana de aquél, un mozo de agradable catadura, salió de su casa -sita, por más señas, detrás de la parroquia- a cumplir sus obligaciones diarias.

En la zurda llevaba unas cuerdas y apurando el paso decía de corrida:

-A recoger el diezmo por San Antonio; y brincando de alegría como un ternero, se perdió por entre los charrales, para dejarse ver minutos después, tirando del cabestro de dos mulas barrosas.

Cruzó el saludo de costumbre y el mozo, como entendido en su oficio, metióse por los cuartos traseros de la casa de don Soledad, sacó las enjalmas de ambas bestias y puso sobre cada una un par de árguenas y dándose una vueltecita por la cocina, dijo:

-Hasta luego.

-Sí, hasta luego -contestó doña Micaela.

-Dios lo lleve con bien -añadió Cundila, clavando unas miradas de las que ella tenía, al mancebo simpaticón, el cual repuso a su torno: -Amén.

Y atizando dos traillazos a cada acémila, salió a pedir el diezmo.

De acuerdo con Cundila, el guapetón silbó antes de salir a la calle una canción amorosa; a las doscientas varas siguió la ruta para San Antonio.

-¿Hay diezmo? -preguntaba de casa en casa, secamente o con un cuarteto oportuno a renglón seguido, por lo común.

-Sí, aguárdese un poquito -respondían de adentro- y vengan de aquí diez tapas de dulce y vengan de allá doce cuartillos de maíz y seis de frijoles.

Cuando tuvo rebasados los canastos de ofrendas, -el diezmo de la cosecha de don Soledad, mediante un contrato, se obligó a mandar a San José- el muchacho regresó a los Desamparados.

A poca distancia de la casa cantó:

Ya con ésta me despido florecita de cubá que no hay cosa más amarga que un amor sin voluntá.

Y en la despensa, Cundila al escucharle, decía con el retozo que se le escapaba por todas partes:

-¡Oh, loquillo de José Blas, ya está de vuelta!

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