Capítulo VII


Seis meses habían corrido ya. Una tarde entraba don Soledad en la sala de su casa arrellanándose en su taburete de cuero, a pierna y brazos cruzados, la cachimba yendo de una comisura a otra de los labios, parecía satisfecho. Al verle -cambiando de posición- con su cara menuda y limpia de pelos sobre el puño de la mano, cogiéndose la barbilla salida y partida en dos y fijando la mirada largo rato en una de las pieles que pendían de los cuernos metidos en la pared a modo de perchas, se diría que un tumulto de ideas le agitaban y pensamientillos no comunes se le escurrían por los escondrijos del cerebro.

-Conque Sebastián se lleva a Cundila -habló por fin, dando un resoplido más de regocijo que de otra cosa. -Gracias a Dios, todo sea su santa voluntá.

¡Cundila! ¡Cuánto le costó a la pobre nacer! Fue el retoño tardío de ambos cónyuges, pero no se quedaba atrás -en robustez y gallardía- a sus once hermanos.

Estos habíanse casado ya, excepto Rafael -y por su fuerza de carácter -templado en la más rígida doctrina- semejaban peñascos y unas fortalezas en el trabajo.

Cundila era lo que se llama el querer de la casa. La india Chon, que desde la cuna velaba por ella, la adoraba más que a las niñas de sus ojos y era su compañera incansable en las faenas de la cocina y en las del campo. ¡Cuántas tardes la india zarandeó a Cundila entre sus brazos, cuando apenas tenía encima sus ocho años, y la entretuvo con los cuentos de la Cococa, la Tule Vieja y el Dueño del Monte!

Cundila por lo demás se fue arriba, andando los meses, con los bríos de una potranca y en la noche del fandango frisaba en los veinte abriles, días más días menos, es decir se encontraba en la verdura de los años.

Con el alba se ponía en pie: ella amarraba las vacas en el corral y con una fuerza no común apartaba los terneros de las mamas y gustaba verla arrepollada en el suelo tirando de las ubres henchidas; a la una de la tarde cogía los becerrillos por los potreros; tarea suya fue la de proporcionarse aclarandito el agua del río; no había ni en todo el barrio una que le pusiese la mano en aquello de lavar un motete de ropa o de moler una cajuela de maíz.

Estos y otros muchos recuerdos mascullaba don Soledad.

Media hora antes don Sebastián Solano -el padrino del Moto- se la había pedido, previo consentimiento de doña Micaela -con aquella franqueza que podía resumirse en estas palabras: -Y había de crer a lo que vengo Soledá: pos a pedirte a su muchacha; yo la jallo muy mujer en su casa.

-Todo sea lo que Dios quiera, Sebastián; si en tus papeles está escrito que Secundila ha de ser tu esposa, llevátela con bien-. Y era don Sebastián Solano lo que suele llamarse un buen sujeto. Años y más años habían caído sobre su cuerpo elástico y pellejudo y frisaba a la sazón en los cincuenta, aunque bien pudiera decirse que aparentaba diez menos. Como todos los de su época, a los veinte años no más, se hizo de una mujercita hacendosa y como bajada del cielo. Pero, como el hombre propone y Dios dispone, aquella vez no anduvo muy tardado el Señor en su decisión y de la noche a la mañana se llevó para el otro mundo a la cara mitad de don Sebastián, dejando por herencia no poco abatimiento en el ánimo de su marido y un diluvio de recuerdos entre las que vivió.

Canículas y más canículas pasaron sobre don Sebastián, desde entonces ocupado siempre en sus negocios de hombre rico. Un día viéndose tan solo, con sus muchas hermanas casadas, creyéndose muy redueño de sus potreros y montañas y advirtiendo qué a pelo le caía una tajada como la hija de don Soledad, se fue a pedirla y sería suya, según los perentorios designios del padre de doña Micaela, la cual echó para su saco lo que sigue: -Sebastián es muy bueno; yo me acuerdo como jué con la dijunta Trenidá. No le dio hijos, porque Dios no quiso, pero en cambios le dio más gustos…

Habíala visto primero muy engatusada con José Blas en el fandanguillo de la Santa Cruz y le encontró cuadriles de mujer hecha y derecha; después no perdió ocasión de echarle el ojo, disimuladamente es claro, como quien no quiere la cosa, sobre todo cuando pasaba por su casa con los almuerzos para los peones.

Está por demás decir que don Sebastián, un viejo frío y calculista, al principio sintió por Cundila algo así como un cosquilleo de ternura; luego un calorcito que se le fue asentando hacia el corazón, para ser después llamarada de amor.

Don Soledad, de común acuerdo con doña Micaela, recibió con los brazos abiertos a este chilindrinudo individuo y en consejo de familia, dispusieron que las bodas serían el veinte de enero del año siguiente.

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