Capítulo V


Las lluvias primeras habían caído: del suelo se exhalaba un vaho de remojada tierra; empezaban ya a verdeguear los prados, y a brotar los botones en los ramajes de los árboles y las Lágrimas de María por los cercados y el pasto tierno a puntear en los potreros.

Con ser el día tercero del mes de mayo, las gentes del barrio realizaban su devoción por la Santa Cruz y tenían arrimaditas al pie de los pilares de la solana, cruces de plátano y de madera, adornadas de cuantas flores dio la vega.

El sol ya rato salió y se dejaba sentir un calorcito fatigoso: de los platanares se desprendía un tenue vapor; las vacas ordeñadas tempranito, se arrimaban a lo largo de la cerca en actitud soñolienta.

Doña Benita Corrales, hermana de madre de don Soledad, pasaba por una de las viejas más devotas y acomodadas de los Desamparados.

Vivía sola, entregada a sus oraciones, al cuido de sus gallinas y demás quehaceres, Gran admiradora de los curas, manifestaba harto celo por todo lo que fuese solemnidades religiosas y según hablillas del vulgo, muy delicada para eso de velas, rosarios y otras alegrías populares. Iba únicamente a la ermita gastándose un airecito refunfuñón, sin detenerse a chismear con los vecinos, ni cruzarse más que los “buenos días le dé Dios” y éstos, muy secos e indiferentes.

Entrada en años, pero sin atisbos de canicie, recorría sin orden su cara desde la frente hasta el cuello, una de surcos, de los cuales dos eran tan profundos que partiendo de la barbilla subían por el labio inferior hasta la nariz; a esto se debió que de diario hiciese una mueca marcadísima.

Consistía su mayor gozo en el empleo de gran parte de su dinero en pólvora, condumios y lo demás para adorar la memoria de la Santa Cruz. De tal modo que su casa en aquel día, era punto menos que la de su hermano en las vísperas de la Concepción.

La casa de doña Benita, plantada en un extremo de la plazoleta ofrecía a la vista ventanas voladas con rejas de madera, puertas que giraban sobre ejes cortos y jardines a los costados.

Varias cruces pintadas en forma de franjas blancas, rojas y amarillas, pendían de las paredes y eran allí el único ornato: otras hechas de piñuela en sazón y cubiertas de chinitas, componían los regalos a la señora.

La sala era espaciosa. A un lado una mesa hermoseada: de sus bordes salen ramas de uruca en arcos, y de los ramos penden flores encendidas. En el fondo y como acurrucada entre la verdura, con abundancia de ribetes -como hecha de encargo-, la cubre el cuerpo; enaguas rameadas y con estrellitas, se ajustan al extremo inferior. Agréguese a esto algo que resalte, una tela chillona hecha un bulto redondo y puesta en la parte superior y tendremos una copia de esas muñecas de trapo que usan las niñitas y por la cual tienen veneración profunda los campesinos

Por añadidura: un pañuelo con pájaros caído hacia delante y encima de los brazos de la cruz y unidas a las puntas por una espina, le viene de rechupete.

Doña Benita, que de curiosa peca, ha colocado a guisa de gargantilla y junto con un rollo de cadenas, un rosario tradicional de cuentas de vidrio azul, con mexicanos y cortadillos de por medio.

Los gañanes se han entrado por los patios y corredores, como Pedro por su casa. Al pie de un mango, crecido número de hombres hacía rueda a dos, que apoyados en la pierna izquierda, jugaban a la tabla. Cuales más devotos están tragándose los rosarios, seguidos por un anciano de hablar gangoso, que tiene en la zurda tamaña sarta de cuentas de San Pedro: va enumerando los misterios.

Doña Benita, ora se dirigía a la despensa y sacaba un puñado de rosquetes de un baúl enorme, para dárselo a hurtadillas a una de sus comadres, ora apuraba a las muchachas de su servicio. De las cuales dos asomaron por la puerta de la cocina, muy agitadas y con la cara hecha una sonrisa.

-Por las cuartetas que en el trapiche te echó, da a conocer que te quiere mucho. Pobrecillos, viste cómo se jueron detrás de nosotras hasta el riu.

-Sí. Lo malo es tía Benita, bien sabés lo brava que se pone -respondió Cundila.

-Adió. Si hoy ni se conoce de buena; si hay que hacer una raya en el cielo.

-Esta noche en el fandango vas a ver qué contestadillas pa José Blas.

Y al decir esto, Cundila agarró la cara de su amiga, le imprimió un beso y dos palmotazos por un cachete y desapareció por entre los cuartos.

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