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Chavela Vargas

Chavela Vargas

Chavela Vargas

«La música es lo más hermoso que transporta el aire» Ch. V.

De un mundo raro

La partera alzo la vista, hacia los presentes, asombrada. Aquella criatura, que recién había traído al mundo no lloró. Como un intenso signo de interrogación tan sólo miraba, con grandes ojos, para todos lados, hacia el cielo, tal vez buscando la respuesta que todos desconocían. Esta narración bien podría titularse El nacimiento mítico de Chaveta Vargas, pero así lo cuenta ella. Ocurrió en San Joaquín de Flores, Heredia, el 17 de abril de 1919.

Fue una niña callada, inmersa en su propio mundo, en sueños que se dispuso a realizar a la corta edad de 17 años, cuando decidió irse a forjar su destino: el de artista.

La determinación sorprendió a la familia, que tenía otros planes para ella: casarla, con un individuo de nombre Bolívar. Del resto de su vida en Costa Rica hay poco que contar.

Casi escapada, con una prima tomó un avión para México (un viaje que tomaba dos días, con escala de una noche en Guatemala). Con poco dinero, sin trabajo, pero con muchas ganas, llegó al Distrito Federal de finales de los años treinta, dispuesta a empezar una década mano a mano con el esfuerzo, para así escalar los peldaños que conducen al éxito.

México lindo y querido …

Al llegar a la antigua Tenochtitlán se instaló en una casa de pensiones y empezó a buscar empleo, como cantante, por supuesto. Le ofrecieron hacer un programa de radio y aceptó, no obstante, éste no alcanzó la audiencia esperada y, por ello, pronto se vio, de nuevo, desempleada. Vivía austeramente, «muchos días me iba a la cama habiendo comido sólo una torta«, recuerda.

Una noche se presentó en un lugar, donde le habían ofrecido cantar. Este fue su debut: «Salí con un jorongo y pantalones. Cuando pegué el primer grito de rebeldía, sentí que por un momento se paró el ambiente musical de México«. Al día siguiente amaneció famosa. «La gente hablaba de una tal Chavela Vargas y decían: Salió una figura extraña, vayan a verla«. Finalmente, la suerte le sonreía. En su siguiente presentación la gente abarrotaba el local y hubo muchos que no consiguieron espacio.

Su estilo es único, propio, tanto que le otorgó un sitio destacado en la historia de la música vernácula mexicana. El triunfo trajo grabaciones como NOCHE BOHEMIA, un álbum en el que interpreta composiciones de los inmortales José Alfredo Jiménez y Agustín Lara, con quienes estableció una profunda amistad. Este disco también contiene la célebre MACORINA, himno de ¡la Vargas!. La canción fue escrita por el poeta español Alfonso Camín, en una noche de «juerga», en que se encontraba con Chavela. Una mujer cubana motivó la letra de esta canción-poema. «Yo me acerqué a Alfonso, que estaba escribiendo en un pedazo de papel como loco, y le dije: ¿Qué haces? El contestó que me esperara, que estaba escribiendo un poema. Al terminar me lo enseñó y yo le dije: vamos a ponerle música, para que sea una canción. Así que le hice los arreglos«. «Macorina era una mujer muy hermosa, andaba por las calles de La Habana en un coche convertible, como Isadora Duncan«, cuenta Isabel Vargas. También explica que ella le aseguró llevarla por todo el mundo, a través de su canto. Cuando Macorina estaba agonizando, alguien se acercó y le susurró al oído: Chavela cumplió su palabra.

La guerrilla salvadoreña hizo suya esta pieza, la convirtió en un himno de batalla: «Cuando el soldado exclama «Ponme la mano aquí, Macorina, le está pidiendo a ella que Je coloque la mano sobre la herida que ha dejado una bala en su pecho«. Para la «dama de poncho rojo», como la llama Joaquín Sabina, MACORINA es mágica, por ello, siempre inicia sus presentaciones con la invocación de su melodía.

La primera mujer que subió a un escenario con pantalones hizo propias interpretaciones reservadas a los hombres. De temperamento fuerte, no se limitó a boleros y baladas, también se adjudicó una serie de corridos (música de denuncia), como JUAN CHARASQUEADO, SIMÓN BLANCO Y el CORRIDO DE CANANEA. Nadie puede cantarlos como ella.

Chavela fue protagonista de la BOHEMIA MEXICANA, en los años cincuenta. Una época que acogió a artistas como Jiménez, Lara, Lucha Reyes, Elvira Ríos, Lola Beltrán, Jorge Negrete y María Félix. Una tarde fue a visitar a los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo. Se llevaron tan bien que la invitaron a quedarse a vivir con ellos por un tiempo, en su casa de Coyoacán. En cierta ocasión, un periodista estadounidense fue a entrevistar a Frida. Un perro había mordido la cabeza de una inmensa tortuga que tenían. Diego se dirigía a hacer una diligencia y al salir pidió a Isabel que se subiera sobre el animal y le halara la cabeza, para curarla. Al tiempo que ella emprendía esta labor, Kahlo tomó la prótesis de su pierna, para examinarla. En el momento en que el reportero abrió la puerta Se encontró con el cuadro surrealista de dos mujeres: una sobre una tortuga y la otra con su pierna entre las manos. «Salió corriendo, despavorido, como alma que lleva el Diablo«, dice mientras ríe, al recordar esta anécdota.

La leyenda negra

Amante del tequila, cayó en las redes del alcoholismo y tragó una serie de excesos, que poco a poco fueron construyendo su leyenda negra. Quizás, es ésta la Chavela que todos recuerdan, la reina de la cantina y los disparos.

¡La Vargas! roba gente, a caballo, en la Avenida de Insurgentes, pregonaba un rumor, que corría de boca en boca. Tal animal no existía, se trataba de un auto, Giulietta Spring, con el que la cantante transitaba con rapidez. «La gente se imaginaba cosas y decía que yo corría a toda velocidad en un «caballo blanco» y era mi cochecito«.

Un 15 de septiembre, mientras cantaba en una cantina, desató un tiroteo. Por tradición el himno nacional de México se canta al dar la medianoche. Confundida por la fiesta etílica, gritó «¿Por qué no cantan? Alguien contestó: «porque son las once«. Acto seguido, desenfundó una pistola, disparó e inmediatamente todos empezaron a cantar. Los hombres hicieron coro con sus armas y las mujeres sólo se quejaban por los pedazos de cielo raso, que caían sobre las mesas. «Una señora decía: «Ay, las balas me están pasando muy cerca de mi peinado, no me lo vayan a arruinar«.

Una vida desenfrenada, plagada de excesos. Eso representan los años de su leyenda. Cuenta que una vez estrenó un carro y lo hizo chocándolo contra un árbol. Se emborrachaba y se iba a cantar por las calles, hasta que, repentinamente, recordaba que ese día daba un show. Llegaba tarde, cantaba la misma canción, una y otra vez, en confesión consigo misma y su borrachera.

Clama haberse tomado 47 mil litros de tequila, que poco a poco fueron atentando su salud y autoestima. Perdió contratos, fortunas y hasta amigos … todo se fue evaporando. «Tomé y tomé mucho y llegué hasta el fondo, hasta el desamparo más profundo, en el que pasé ocho días seguidos bebiendo sin comer y hasta dejé el alma enredada en alguna cantina» cuenta al referirse a esos años.

Una mañana, salió a la calle, a primera hora, en busca de I icor. Se sorprendió al ver a las personas que se dirigían a su trabajo, los puestos ambulantes en funcionamiento y hasta los mendigos pidiendo. Abrió los ojos y decidió acabar con ese vicio.

Se refugió entonces en una pequeña casa de Ahuatepec, cerca de Cuernavaca. Allí murió para el público y renació gracias a los cuidados de los indios, que la alimentaban y acompañaban durante el tormento de su recuperación.

¡Salí de los infiernos, pero lo hice cantando!

Isabel Vargas logró librar una cruenta batalla contra 20 años de alcoholismo y surgió victoriosa. Fue a su propio entierro muchas veces, en noches interminables de soledad, que excluían a su antigua compañera, la botella.

La gente se había olvidado de ella, la daban por muerta. La cantante Mercedes Sosa, en uno de sus conciertos dijo: «Si alguien pasa por México, que ponga una rosa de mi parte en la tumba de Chavela Vargas«.

En 1991, cuando visitó el bar «El Hábito», su propietaria, Jesusa Rodríguez, la reconoció, mezclada con el público. Le pidió que cantara, a lo que ella se rehusó. Pero el insistente coro de los presentes la puso en la plataforma. Este fue un momento decisivo en su vida, significaba la primera vez, en muchos años, que cantaba sin tequila. Temerosa, comenzó a entonar las notas de una canción. No sólo la audiencia se sorprendió, también ella, que descubrió que podía entonar sobria. Inició, entonces, una serie de presentaciones en el local y la gente la recordó.

Con 72 años y una leyenda a cuestas, vuelve Chavela y conquista diferentes escenarios en el mundo: el Palau de la Música, Barcelona, el teatro Albéniz, Madrid, y el Olympia, París.

En 1995 realiza un concierto en el Palacio Bellas Artes, del Distrito Federal. Aquí es ovacionada por un auditorio que conjuga todas las edades y le otorgan las llaves de la Ciudad de México.

‘La Vargas’ se instala en España, en 1993. Vive en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, albergue de Luis Buñuel, Federico García Lorca y Salvador Dalí, entre otros.

En la Madre Patria conoce a personajes como el cineasta Pedro Almodóvar y el cantante Joaquín Sabina. Este último le pide su dirección y ella le da una tarjeta que reza: Chavela Vargas, Boulevard de los Sueños Rotos, número 24, dimensión desconocida. Aunque, en un principio, esto molestó al español, luego lo inspiró para componer Por el boulevard de los sueños rotos, que dedica a la «Paloma negra de los excesos«, según la nombró.

Almodóvar hace escuchar la voz de Vargas en varias de sus películas. «Nadie, sólo Cristo, abre los brazos como Chavela Vargas«, dijo, al presentar uno de sus conciertos.

El paso más elegante

Dos mujeres se encontraron a la entrada de su casa. Una vestida de blanco, la otra de negro. Dijo la Muerte: «Un momento, yo también la quiero«. Y la Vida respondió: «Tiene que terminar su misión en la tierra«. Así habla Chavela, al referirse al término de los días. «Tengo respeto a la muerte, pero miedo no. Me parece el paso más elegante del mundo. Por eso nadie volvió«. «Sé que estoy llegando al final … bueno, son días, meses o años, no tengo la menor idea«.

A sus ochenta años, es una mujer reconciliada con su pasado: «Yo acepto lo que soy, la vergüenza de haber sido lo que fui. El dolor de no seguir siendo«.

Artista plena, logró sacar la canción ranchera de las cantinas y ponerla en las universidades. La Universidad de Alcalá la condecoró nombrándola Señora Excelentísima e Ilustrísima. En Burgos, España, una calle lleva su nombre y en su última presentación, el 22 de setiembre pasado, en Argentina, supo ganarse al público bonaerense, que emocionado, lloró con su canto y le nombró Visitante Ilustre de Buenos Aires. Su presentación se convirtió en ceremonia azteca cuando entonó MARÍA TEPOZTECA, de su autoría. «Un día yo dije: voy a cantarle una canción a María Tepozteca. María es el nombre universal de la mujer«. Ella cuenta que inspirada por el Valle Sagrado de Tepoztlán, donde la compuso, escribió la letra en cuestión de diez minutos.

Sus escándalos, su adicción, sus amistades y, sobre todo, su voz cargada de emociones la han colocado muy alto, a nivel de mito. «Voy a hacer una tarjeta que diga: mito Vargas«, bromea la amiga de Neruda, de Kahlo, de Rivera, de García Márquez y muchos otros famosos. Mientras el Papa declara su gusto por MACORINA, Fidel Castro dice: «No dejen entrar a esta vieja a Cuba, porque me alborota el gallinero«.

La pregunta que nació formulando, ya tuvo respuesta. A ella le fueron reveladas las cinco verdades del hombre. Al pedir que las cite, sólo menciona dos … «El resto, lo vas a encontrar en tu propia vida, con los años«, y sonríe.

«Cuando fui borracha, bebí intensamente, cuando amé, amé intensamente; cuando lloro, lloro espantosamente; cuando soy feliz, nadie me gana. Y soy feliz porque soy Chavela Vargas. Volvería a nacer y volvería a pedir ser lo mismo«. Así es ella, una mujer que no necesita morir para inmortalizarse. De ello ya se ha encargado su voz, que la hace vivir por siempre, en el mundo de las emociones que despierta en todo aquel que la escuche.

María Tepozteca

Tepozteca linda,
de pezón erecto,
de zapote prieto.
Ojos de obsidiana,
te parió tu madre
Tepalcate eterno.

Luna Tepozteca,
te pintó tu cuerpo
con deseos nuevos;
y en las madrugadas
te mojas los muslos
con el agua mansa
de tus arroyuelos.

Ten cuidado,
María Tepozteca,
la noche fue mía
y se quedó muy quieta.
Ten cuidado,
María Tepozteca,
si la noche es nuestra
no se queda quieta.

Estrenemos, María,
en el Chalchi la noche
y haremos derroche
de esta dimensión.

Y le juro, María señora,
que no habrá
ni ahora, ni antes, ni después.
Y le juro,

María Tepozteca,
que todo fue un sueño
y se volvió canción.

Revista Herencia UCR

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