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Anselmo Llorente y La Fuente

Anselmo Llorente y La Fuente

Anselmo Llorente y La Fuente
1800 – 1871

Anselmo Llorente y La Fuente, nacido el 21 de abril de 1800 en Cartago, fue un destacado líder eclesiástico y el primer obispo de Costa Rica. Proveniente de una familia de raíces vasco-costarricenses, su padre, Ignacio Llorente y Arcedo, y su madre, María Francisca de la Fuente y Alvarado, brindaron los cimientos para su formación. Sin embargo, la pérdida temprana de su padre lo marcó profundamente.

Desde su juventud, Llorente mostró una inclinación hacia la educación y la fe. Inició su formación en Cartago y luego continuó en la prestigiosa Universidad de San Carlos en Guatemala, donde obtuvo su bachillerato en Filosofía en 1822. Sin embargo, su verdadero llamado estaba en la iglesia, y en 1824 fue ordenado sacerdote, comenzando así su dedicación al servicio religioso en la arquidiócesis de Guatemala.

Con una pasión por el aprendizaje continuo, obtuvo su doctorado en derecho en 1825, mientras ejercía su ministerio pastoral en diversos curatos. Su destacado desempeño lo llevó a ser seleccionado como miembro de la Asamblea Constituyente en 1848. Sin embargo, su mayor contribución llegaría en 1850, cuando el Papa Pío IX estableció la diócesis de San José, Costa Rica, y nombró a Llorente como su primer obispo.

Tras su consagración en 1851, Llorente asumió su cargo episcopal con determinación y visión. Reconociendo las necesidades urgentes de la sociedad, inició la construcción del Hospital San Juan de Dios en San José y estableció el Seminario Mayor para la formación del clero. Además, fundó la Curia de San José y lideró el esfuerzo para defender Costa Rica contra las incursiones de filibusteros.

Su compromiso con su rebaño lo llevó incluso a enfrentarse al peligro durante la guerra, donde cuidó de los enfermos de cólera morbus en Guanacaste y alentó a las comunidades locales a combatir la enfermedad. A pesar de ser deportado brevemente en 1858, regresó al país al año siguiente y continuó su labor pastoral y educativa.

Falleció el 22 de septiembre de 1871 en San José. El día 24 se hicieron las honras fúnebres sepultándosele en la Iglesia de la Merced. En 1882 sus restos fueron trasladados al presbiterio norte de la Catedral metropolitana de San José.

La Asamblea Legislativa costarricense lo declaró Benemérito de la Patria, por decreto No. 14 del 22 de febrero de 1950.

En homenaje a su vida, se creó el distrito homónimo de Anselmo Llorente en el cantón de Tibás de la provincia de San José.

El primer Obispo de Costa Rica estuvo un año desterrado

Anselmo Llorente y La Fuente

Guillermo Loría

Al cumplirse mañana noventa y ocho años de Ja muerte del primer Obispo de San José de Costa Rica. Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente debemos recordar el hecho más saliente de su vida: el destierro del que fue objeto por parte del Gobierno de don Juan Rafael Mora, que duró desde el 29 de setiembre de 1858 al 5 de setiembre de 1859. Es decir menos de un año, hasta que derrocado Mora por un cuartelazo, en agosto de 1859, lo llamó el Gobierno provisorio de Montealegre.

Pensaría alguna vez, el Obispo Llorente, de cuyo temperamento arrebatado hablan algunos historiadores, incluso Sanabria, que sus amenazas contra Mora llegaron a cumplirse en setiembre de 1880, cuando éste murió fusilado en Puntarenas.

El 21 de marzo de 1859, desde Nicaragua escribía el Obispo Llorente al Dean Mons. Rafael del Carmen Calvo: “Dios arroje miradas sobre sus hijos desnaturalizados, y aunque sea en las mayores calamidades de esta villa. los perdone en la eterna”.

LA PALABRA del Obispo —dice Mons. Sanabria en su biografía de Llorente— no hay duda alcanzó a Mora: Por Puntarenas debió salir el obispo. según disponía la orden de destierro, por Puntarenas entró Mora el 16 de setiembre de 1860. El 29 de setiembre de 1859 publicó Mora el famoso decreto del Lazareto. El 30 de setiembre de 1860 murió fusilado en Puntarenas, pero después de haberse reconciliado con Dios como buen cristiano. Dios perdonaba al Presidente con la mayor calamidad que le podía sobrevenir, la pérdida de la propia vida. Se había cumplido aquella sentencia: “nolite tangere Christos meos” (no toque mi ungido); los campesinos de 1860, según cuenta la tradición, al saber el trágico desenlace de Puntarenas, decían —con lágrimas en los ojos— porque el pueblo amó entrañablemente a “don Juanito”: “tenia que suceder, para qué desterró al Obispo…” Es la misma reflexión que ocurre a todos los que examinan la historia. Cuando se recogieron las cenizas de Mora y de Cañas y se trajeron a San José, fueron depositadas durante mucho tiempo en la Sacristía del Sagrario. Muchas veces el Obispo (Llorente) vio aquellas urnas y sus labios musitaron una oración… adorando los juicios de Dios”

Ei destierro de Monseñor Llorente y Lafuente obedeció a causas claramente establecidas por Jos historiadores. Entre ellas influyó que no era el candidato a ocupar el Obispado del Presidente Mora, quien propugnaba al Pbro. don Rafael del Carmen Calvo, hermano de su Ministro don Joaquín Bernardo Calvo Rosales.

En segundo lugar el mismo carácter del Obispo influyó mucho en la pugna que después tuvo con el mismo Mora por causa del diezmo sobre el café y el impuesto sobre las entradas de los curatos que pretendía el Presiente, para sufragar el sostenimiento del Lazareto de Leprosos.

“LLORENTE -dice Sanabria era excitable, irascible y acalorado. El Dr. Castro habla de sus arrebatos tan pasajeros como violentos, de acaloramientos momentáneos y de sangre ardiente. Agrega que a pesar de su irascibilidad Se le dominaba con suma facilidad y que cuando estaba bajo el influjo de estas “viarazas” o lunas, como las llamaba nuestro pueblo y con una sinceridad que rayaba en descomedimiento, decía cuanto pensaba de las personas contra quienes dirigía su enojo”.

“Otro de los distintivos de su carácter —agrega Sanabria— era la inflexibilidad. Cuando llegaba a persuadirse de la justicia de su derecho o de la rectitud de su razonamiento era difícil hacerle variar de parecer. En estos casos —el camino recto, su camino recto— era el único. Díganlo si no sus disputas con el Presidente Mora, que con una pinta de diplomacia, se hubieran podido arreglar”.

También el Obispo Llorente al llegar a San José ya consagrado, después de treinta y tres años de ausencia de su patria, estaba completamente desvinculado de la realidad nacional. Su mentalidad se había formado en Guatemala, una mentalidad ultraconservadora y no entendía a Costa Rica ni a los costarricenses.

Algo do esto dice en su carta do renuncia al Obispado en 1854 enviada al Presidente Mora para que la remitiese a Roma. Manifestaba que los clérigos que le estaban sujetos so le oponen, despreciaban sus órdenes y aún criticaban su persona. Manifiesta que hacía más de treinta años había estado fuera de Costa Rica y que encontraba un pueblo muy distinto del que dejó. La renuncia no le fue aceptada.

EL ASUNTO DEL DIEZMO sobre el café que el Gobierno de Mora trataba de quitar, suscitó su rechazo. Hubo una larga serie de réplicas y contrarréplicas, hasta que se confirmó y ratificó el Concordato con Roma donde este punto controvertido quedó zanjado.

También causó la desconfianza y Ja enemistad con el Gobierno de Mora, que cuando llegó en 1851 se rodeara de sus familiares, desconfiando de una sociedad que no conocía. Así vemos que poco después de asumir su cargo nombra a don Julián Volio. su sobrino, Notario de la Curia y a su hermano el Pbro. Ignacio Llorente, Provisor y Vicario General.

Otro íntimo amigo y pariente suyo es don Francisco María Iglesias y toda esta gente está en la oposición contra Mora o no estándolo, pronto milita en ella, como los Volio.

TODO ESTO PREPARABA el terreno para el rompimiento final, del cual fue apenas un compás de espera la guerra contra los filibusteros de 1856-57, donde el Obispo se comportó con plausible patriotismo, arengando a las fuerzas que partían hacia Nicaragua y recomendando a los curas que mantuvieran en alto el fervor patrio de sus feligreses.

El mismo Mora que ocurrió a él para que apoyara al Gobierno le agradeció su cooperación. Pero esto no impidió que en Abril de 1856 cuando Mora le pidió que solicitara a los fieles de su Episcopado que contribuyeran económicamente al sostenimiento de la guerra, se negara de plano a hacerlo, manifestando que el Gobierno tenía medios para obtener este a poyo económico del pueblo sin comprometer a la Iglesia.

Cuando pasada la guerra Mora quiso que se financiara el Hospital San Juan de Dios y el Lazareto, con un impuesto sobre las entradas de los curatos, Llorente puso el grito en el cielo. Hay que advertir que la renta que se creaba con esta contribución era mísera, pero aún más miseras eran las entradas de los curatos.

Un asunto tan baladí que según Sanabria se habría solucionado con una «pinta de diplomacia”, alcanzó caracteres incalculables en hombres de tal temple. Intervinieron por una parte en apoyo del Obispo el Cabildo Eclesiástico, quien dictaminó contra la tesis presidencial, y por otro lado, el Congreso que dictaminó contra la tesis episcopal.

LLORENTE LLEGÓ a amenazar a Mora con la ex-comunión y esto en aquellos tiempos en un país íntegramente católico, como el nuestro, era algo temible. Por lo demás se avecinaba la elección presidencial, en la que Mora era candidato para ocupar el solio por un tercer período sucesivo y temió que en cada pulpito hubiese un cura lanzando rayos y centellas contra él y persuadiendo al pueblo de que no debería votar por un enemigo de la Iglesia.

Las cosas se precipitaron en forma inesperada para el Obispo, por acuerdo del Ejecutivo omitido a las 5 de la tarde del 23 de diciembre de 1858, se le extrañaba a perpetuidad del territorio costarricense, otorgándosele veinticuatro horas para salir de San José y tres días para salir del país.

A partir de la noche del mismo 23 el Obispo y su residencia quedaron prácticamente incomunicados del resto de la población josefina, hasta que se puso en camino custodiado por cuatro oficiales veteranos para evitar que por lo menos en suelo costarricense pronunciara la excomunión contra Mora.

El acuerdo en sus considerandos hace graves cargos a Llorente. El 3º dice que desde que ingresó al país ha manifestado desafecto a las instituciones, pues ni quiso jurar la Constitución ni ha guardado el juramento que prescribe el artículo 2º del Concordato, por el que es obligado a obedecer y ser fiel al Gobierno de la nación y a no ingerirse directa o indirectamente en proyecto alguno contrario a la tranquilidad pública.

EL CONSIDERANDO 4º agrega: “Que lejos de eso tuvo conocimiento de la conspiración de junio de 1856 y no cuidó de impedirla con su influencia ni la denunció como era su deber para evitar sus funestas consecuencias que sólo la energía y la popularidad de que goza el Gobierno, pudieron librar a los pueblos”.

Continúa la enumeración de los agravios: oposición de Llorente a cumplir la Ley No. 24 de 29 de setiembre (sobre impuesto a entradas de curatos) y a la súplica del Gobierno a que la cumpliese, mientras el Congreso se ocupaba de considerar los motivos de la oposición a ella del Episcopado. De que con noticia que el Congreso, reunido en sesiones extraordinarias para tratar del asunto, se pronunciaba en forma favorable a la tesis del Ejecutivo prorrumpió en expresiones ofensivas para los Representantes y demás miembros de la Administración.

Que no contento con ello hizo quitar el dosel, reclinatorio o mesa y silla presidenciales de la Iglesia Catedral y que excita a la rebelión contra el Gobierno en circular dirigida a los curas el 16 de diciembre.

¿Para qué seguir citando cargos? Los relacionados bastan para ver el grado de calor a que había llegado la reyerta entre el Poder Temporal y el Espiritual en Costa Rica.

Pero si eran graves los cargos no menos eran las sanciones. Aparte de la mencionada del ostracismo, el nombramiento del Vicario Capitular, Gobernador del Obispado en ausencia del Obispo, debería obtener el consentimiento del Gobierno; y que desde la fecha del acuerdo el Obispo extrañado del país no debería ser obedecido en ninguna orden que diera al Venerable Cabildo o a los Curas, o a cualquier otro sacerdote en concepto de Obispo de San José.

LLORENTE VIAJÓ a Rivas, donde fijó su residencia, dijo que para estar cerca de su grey. Era el cuarto obispo extrañado de su patria en Centroamérica desde 1531 y el tercero después de la independencia de España.

El largo camino polvoriento, por haber entrado ya el verano, por tierras de Guanacaste hasta atravesar la frontera, custodiado por militares, no fue transitado por el Obispo con la misma alegría que recorrió el de Puntarenas a San José en diciembre de 1851 cuando vino de Guatemala a ocupar el Obispado que fue de triunfo, pues en muchos puntos de la carretera los campesinos construyeron enramadas y arcos en su honor; hacían explotar bombetas y cohetes y salían con música a los caminos con sus ropas domingueras a ovacionar a su primer pastor. Desde el Virilla a la Uruca cambió su mula por un coche que bajó su capota cuando llegó al Torres para que todo el mundo lo viera.

Al llegar a la Plaza de la Artillería bajó del coche y cabalgó en una mula tordilla para ser recibido por el Presidente Mora, su gabinete, altos militares y funcionarios civiles, clero y pueblo, en cuya compañía siguió a la Catedral donde cantó un Te Deum.

Anselmo Llorente y Lafuente nació en la ciudad de Cartago el 21 de abril de 1800, hijo de don Ignacio Llorente Arcedo, cuyos padres eran españoles de Vizcaya; y de doña María Feliciana Lafuente y Alvarado, española criolla nacida en Costa Rica.

SUS ESTUDIOS PRIMARIOS los hizo en Cartago, posiblemente en la escuela del Padre José María Esquive], fundada por el Pbro. Hipólito Calvo, donde también estudiaron otros costarricenses notables. como don Joaquín Bernardo Calvo Rosales, Ministro en varios Gobiernos, don Joaquín de Iglesias, y los Pbros. José Francisco Peralta, Joaquín García y Monseñor Rafael del Carmen Calvo.

A los dieciocho años de edad partió para Guatemala, donde ya estaban dos hermanos suyos, uno sacerdote seglar y el otro fraile. Ingresó a la Universidad de San Carlos donde estudió Filosofía, Derecho Civil y derecho canónico, ordenándose sacerdote en 1824 y siendo consagrado por el Arzobispo García Peláez, protector suyo.

Hizo dos viajes a Costa Rica en 1827 y 1830 para visitar a su familia, y desempeñó algunos curatos en Guatemala, incluso en pueblos de indios, hasta que en 1846 García Peláez lo nombró Rector del Seminario de Guatemala, donde estuvo hasta 1851, cuando fue nombrado Obispo de San José.

La Nación 22 de setiembre 1969

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