El Gobierno de Costa Rica declara la guerra a los filibusteros

A la inteligente mirada del Presidente de la República, don Juan Rafael Mora, que observaba atentamente el desarrollo de los sucesos en Nicaragua, y apreciaba justamente las consecuencias que habían de traer, el peligro de la patria era manifiesto, y su juicio acerca de la situación estaba confirmado por ios informes que frecuentemente recibía del representante de Costa Rica en Washington, don Luis Molina (1), y de otras fuentes.

Mora no sólo se preocupaba del bienestar y del progreso de su país, que él fomentaba con éxito halagador, sino que creía en un futuro de grandeza para toda la América Central, unida, libre e independiente.

Por desgracia, la situación de los otros Estados no era nada favorable, y preocupados sus gobiernos de las dificultades que les tocaban más de cerca, no se daban cuenta del riesgo que la independencia de todos corría.

El presidente de Nicaragua, don Patricio Rivas, dirigió un manifiesto a los Gobiernos de Centro América, y pareció que los otros Estados no eran opuestos a la situación que él representaba.

La inquietud que prevalecía en Costa Rica fue entonces mayor, y el Gobierno de Mora resolvió hacer la Guerra a Walker, solo, o con el concurso de los demás, para lo cual activó sus esfuerzos, principalmente en Guatemala y El Salvador.

El Presidente expidió, en consecuencia, la siguiente proclama.

COSTARRICENSES:

La paz, esa paz venturosa que, unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha aumentado tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamente amenazada.

Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueb’os, condenados por la justicia de la unión americana, no encontrando ya donde hoy están con qué saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia.

¿Necesitaré pintaros los terribles males que, de aguardar fríamente tan bárbara invasión, pueden resultaros?

No, vosotros los comprendéis, vosotros sabéis bien qué puede esperarse de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber.

¡Alerta, pues, costarricenses! No interrumpáis vuestras nobles faenas, pero preparad vuestras armas.

Yo velo por vosotros, bien convencido de que en el instante del peligro, apenas retumbe el primer cañonazo de alarma, todos, todos os reuniréis en torno mío, bajo nuestro libre pabellón nacional.

Aquí no encontrarán jamás los invasores, partido, espías ni traidores. ¡Ay del nacional o extranjero que intentare seducir la inocencia, fomentar discordias o vendernos! Aquí no encontrarán más que hermanos, verdaderos hermanos, resueltos irrevocablemente a defender la patria como a la santa madre de todo cuanto aman, y a exterminar hasta el último de sus enemigos.

Juan Rafael Mora

San José, noviembre 20 de 1855.

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Casi al mismo tiempo el Gobierno de Rivas emitió un decreto, el 23 de noviembre de 1855, ofreciendo 250 acres de tierra baldía a cada inmigrante que quisiera establecerse en Nicaragua. El objeto de esa medida no era un misterio; era el medio de atraer nuevos soldados que engrosasen las filas de Walker, y para facilitar el transporte de éstos, cuyo número aumentaba con rapidez alarmante, el mismo Gobierno declaró anulada la concesión otorgada a la compañía de tránsito, que no favorecía sus planes; mandó embargar los bienes de ésta, y otorgó nuevas concesiones a amigos suyos, para la navegación éd río y lago, en conexión con los vapores que tocaban en los puertos de Sin Juan del Norte y San Juan del Sur.

La prensa de Costa Rica tronaba contra Walker y el jefe filibustero neyó oportuno dirigir una carta al Presidente Mora, manifestando que no abrigaba pensamiento alguno hostil a Centro América, y expresando deseos fervientes por la paz y buen acuerdo de las Repúblicas hermanas de Costa Rica y Nicaragua.

Walker no recibió contestación, y confiando en el éxito de una misión especial ante el Gobierno de San José, el Presidente Rivas acreditó al efecto, en febrero de 1856, al coronel filibustero Louis Schlessinger, quien llegó a Puntarenas en aquel mismo mes y recibió orden de salir del país inmediatamente, como en efecto lo verificó.

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Los Gobiernos de Centro América, dice el doctor Montúfar, creían imponente la invasión a Nicaragua, porque la juzgaban virtualmente apoyada en la Casa Blanca; y muchos Estados de Europa y algunas secciones del Nuevo Mundo llegaron a pensar que Mr. Pierce, Presidente de los Estados Unidos, por altas miras políticas, se empeñaba, no sólo en sostener la falange, como se decía a los filibusteros, sino en aumentarla para que coronara su intentona.

Trabajos diplomáticos bien dirigidos en Washington pusieron de manifiesto la verdadera situación de Nicaragua, y el Gobierno de los Estados Unidos no sólo desaprobó la conducta de su Ministro en aquella República Mr. J. N. Wheeler, quien había reconocido el Gobierno de Rivas, sino que condenó la empresa de Walker por una proclama del Presidente Pierce, expedida e! 8 de diciembre de 1855, y se negó en consecuencia, a recibir al Ministro acreditado por el Presidente de Nicaragua.

Estos hechos importantes, justificando la actitud resuelta del Gobierno de Costa Rica, a la vez que las noticias que se esparcían de las atrocidades de Walker (2), influyeron mucho en la opinión en los otros estados, presen¬tando fielmente el carácter del enemigo que se levantaba, pero ninguno de aquellos Gobiernos dispuso el envío inmediato de tropas sobre Nicaragua.

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El Presidente de la República, don Juan Rafael Mora, convocó extraordinariamente el Congreso, y este Cuerpo Constitucional, por decreto de 27 de febrero de 1856, autorizó omnímodamente al Poder Ejecutivo para que por sí, o en unión de las fuerzas aliadas de los demás Gobiernos de Centro América, llevara sus armas a la República de Nicaragua, defendiera a sus habitantes de la ominosa opresión de los filibusteros, y arrojara a éstos de toda la América Central, y para que, en consecuencia, dictara todas las providencias que estuvieran a su alcance, con el objeto indicado.

El Poder Ejecutivo, así autorizado, elevó el ejército a nueve mil hombres de todas armas, levantó un empréstito nacional de cien mil pesos, y luego dio un decreto declarando no reconocer misión legítima en el Gobierno dominante en Nicaragua y disponiendo la marcha de fuerzas contra los filibusteros.

El Presidente, dio incontinenti, la siguiente proclama:

Compatriotas:

¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos.

Ellos os llaman, ellos os esperan para alzarse contra sus tiranos. Su causa es nuestra causa. Los que hoy los vilipendian, roban y asesinan, nos desafían audazmente e intentan arrojar sobre nosotros las mismas ensangrentadas cadenas. Corramos a romper las de nuestros hermanos y a exterminar hasta el último de sus verdugos.

No vamos a lidiar por un pedazo de tierra, no por adquirir efímeros poderes, no por alcanzar misérrimas conquistas, ni mucho menos por sacrilegos partidos. No, vamos a luchar por redimir a nuestros hermanos de la más inicua tiranía; vamos a ayudarlos en la obra fecunda de su regeneración; vamos a decirles: Hermanos de Nicaragua, levantaos; aniquilad a vuestros opresores. Aquí venimos a pelear a vuestro lado por vuestra libertad, por vuestra patria. Unión, nicaragüenses, unión. Inmolad para siempre vuestros enconos; no más partidos, no más discordias fratricidas. Paz, justicia y libertad para todos. Guerra sólo a los filibusteros.

A la lid, pues, costarricenses. Yo marcho al frente del ejército nacional. Yo, que me regocijo al ver hoy vuestro noble entusiasmo, que me enorgullezco al llamaros mis hijos, quiero compartir siempre con vosotros el peligro y la gloria.
Vuestras madres, esposas, hermanas e hijos, os animan. Sus patrióticas virtudes os harán invencibles. Al pelear por la salvación de vuestros hermanos combatiremos también por ellos, por su honor, por su existencia, por nuestra patria idolatrada y por la independencia hispanoamericana.

Todos los leales hijos de Guatemala, El Salvador y Honduras, marchan sobre esa horda de bandidos. Nuestra causa es santa, el triunfo es seguro. Dios nos dará la victoria y con ella la paz, la concordia, la libertad y la unión de la gran familia centroamericana.

Juan Rafael Mora

San José, marzo 1o de 1856.

<b>MONUMENTO A DON JUAN RAFAEL MORA</b><br><br>Monumento eregido a honrar la memoria del Héroe y Benemérito<br>de la Patria, don Juan Rafael Mora Porras

MONUMENTO A DON JUAN RAFAEL MORA

Monumento eregido a honrar la memoria del Héroe y Benemérito de la Patria, don Juan Rafael Mora Porras

(1) Hermano del distinguido diplomático don Felipe Molina, de grata memoria en nuestro país.
(2) Muy pocos días después de encontrarse Walker en Granada, fusiló, sin forma de proceso, al ex-m¡nistro don Mateo Mayorga, y casi enseguida, al General don Ponciano Corral, Ministro de la Guerra del propio Gobierno de don Patricio Rivas en cumplimiento de sentencia dictada por un consejo de guerra compuesto exclusivamente de oficiales filibusteros. Lorenzo Montúfar, Walker en Centro América, folios 125 y 145.


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