«El árbol enfermo» es una novela de estructura simple, de acción lineal, dividida en quince capítulos, encabezados todos con significativos títulos que armonizan plenamente con los correspondientes contenidos. Gagini no es un estilista, ni un vigoroso creador de caracteres. Cierto. Su técnica novelística no asombra: la trama, exenta de truculencias, no atrae las miradas de la crítica profesional. Así es. Sin embargo, «El árbol enfermo» es una obra valiosa, sincera, clara, que debe ser leída con especial interés por todos los costarricenses. La juventud, sobre todo, debe conocerla y aprovechar las sabias enseñanzas que deja su lectura.
Aunque publicada en 1918, los graves problemas que analiza esta novela no han perdido vigencia. Al contrario, algunos de ellos hoy se presentan con mayor claridad, realzados por las circunstancias actuales, y se ciernen, hecha abstracción de los males habidos hasta el momento, más amenazantes aún sobre el porvenir de Costa Rica. Escrito sin ridículos «chauvinismos», lleno de sanas intenciones, rico en agudas observaciones y en precisas ideas sobre nuestra patria, «El árbol enfermo» merece toda la atención de la juventud costarricense, máxime cuando se enfrenta hoy con un futuro confuso, enigmático, que parece predeterminado por fuerzas negativas que ella no ha desencadenado.
El titulo de la novela es bisémíco: se refiere, por una parte, al frondoso higuerón que da nombre a la finca de don Rafael Montalvo, sita en San Isidro de Coronado, y, por otra, a nuestro país, que, como ese árbol agrietado, se encuentra enfermo, es decir, falto de vigor, carente de muchas virtudes antiguas, minado por diversos vicios y dirigido por políticos inescrupulosos. El higuerón que comienza a dañarse es un expresivo símbolo de esa Costa Rica enferma, descrita francamente por Gagini, a la cual hay que curar a tiempo para evitar que su noble corazón sufra lesiones mortales.
El protagonista es Fernando Rodríguez, brillante abogado y escritor costarricense; su antagonista, Thomas Ward, dinámico empresario norteamericano. Digno representante del caballero castellano el primero, magnifico ejemplar yanqui el segundo, el enfrentamiento de ambos jóvenes alcanza la categoría de un verdadero duelo entre la raza latina y la anglosajona. Fecundo y apasionante resulta el diálogo que, en el capitulo IV, sostienen Fernando, el señor Montalvo y el norteamericano. Los puntos de vista expuestos, las razones aducidas, las acusaciones y defensas hechas, todo, allí a la sombra del árbol enfermo, adquiere singular trascendencia para el lector atento. En el capítulo VI, después del «match de foot-ball» efectuado en la Sabana entre ticos y yanquis, Mr. Ward, capitán del equipo victorioso, algunos miembros de la familia Montalvo y Fernando, quien ha visto con dolor la caída de los nacionales ese… ¡11 de abril!, inician «una acalorada discusión sobre las causas determinantes de la derrota sufrida por el team josefino». La controversia, inevitablemente, se convierte en una viva confrontación de razas, en un estimulante examen de triunfos y fracasos étnicos.
En el desarrollo del rectilíneo argumento, Mr. Ward, aferrado a la concepción pragmática de la vida, señala que los pueblos latinoamericanos, sumidos en un enfermizo letargo espiritual, son impermeables a la ciencia y a la industria. Mr. Ward hace, más o menos, el siguiente diagnóstico de nuestra patria:
1) El pueblo costarricense está minado por el alcohol. Aquí se bebe, en proporción, cuatro veces más que en los Estados Unidos.
2) Nuestra república, por el crecimiento burocrático, se ha convertido en una inmensa oficina.
3) Los campesinos abandonan, poco a poco, sus hábitos de trabajo en busca de plazas estatales.
4) Aquí no se ayuda al que lucha por elevarse del nivel común; por el contrario, se le pone toda clase de lastres (1)
5) El costarricense descuida la salud y cuando se enferma, aun teniendo las medicinas, se niega a curarse.
6) Nuestra educación, por su tendencia al verbalismo, es inadecuada. Carece de base científica. Su proclividad teórica la vuelve inoperante.
7) Como consecuencia de lo anterior, nuestra juventud adolece de espíritu emprendedor. Nuestra miseria se explica por la anemia laboral del costarricense. Fernando, que no está cegado por el patrioterismo, acepta, en gran parte, el diagnóstico del extranjero. Le disgusta, sí, la superioridad racial de que hace alarde el yanqui; pero reconoce lealmente que nuestro país está enfermo. Rodríguez ha escrito «Al borde del precipicio» para denunciar los vicios que carcomen a la sociedad costarricense, no para defender sus defectos y pequeneces. Escribe sin tapujos ni reticencias sobre los males y los problemas nacionales. Su objetivo primordial es depurar el carácter costarricense.
El propio don Rafael —tildado de chauvinista por Mr. Ward—, después de asegurar que Costa Rica ha perdido muchas de sus antiguas virtudes, emite sobre el statu quo nacional este severo juicio: «… los robos y asesinatos se multiplican de manera alarmante, los desocupados pululan por las calles mientras los campos permanecen incultos, la miseria es general, el número de ebrios y de mujeres perdidas es espantoso.» Con los pensamientos expresados por boca de sus personajes y los que formula el autor por sí mismo, se le presenta al lector un vasto panorama de la problemática costarricense. Merecen destacarse, por la arraigada convicción que las acompaña, dos críticas que Gagini le endilga al josefino:
a) Padece de manía extranjeril;
b) Menosprecia las cosas y personas del país.
Tiene razón. Los nombres de cantinas, almacenes y pulperías; la creciente infiltración de anglicismos innecesarios; la imitación servil de modas y costumbres extranjeras, sobre todo de las norteamericanas, así lo atestiguan.
Para Gagini, es necesario renovar nuestra enseñanza. El sistema educativo no sólo debe estar en armonía con el carácter nacional, sino también con las últimas exigencias de la civilización. Y para preservar nuestro genio de mixtificaciones perjudiciales, es indispensable que el país, por medio de una educación perseverante y acuciosa, pueda ofrecer a la juventud las nuevas y variadas oportunidades de vida. Frente a las amplias perspectivas que abre el siglo XX, Gagini sugiere que lo mejor es efectuar una sabia síntesis entre lo pragmático y lo humanístico, a fin de no caer en un pedestre utilitarismo ni en un vano idealismo. «Prefiero una computadora a todos los poemas del Renacimiento», me dijo un día cierto estudiante de ciencias, convencido del auge científico y de la supuesta inanidad del arte en general. Estaba atenazado por un prejuicio establecido. En realidad, pienso, no se trata ya de escoger entre lo útil y lo bello, sino de integrarlos sabiamente en la educación moderna. La ciencia, que reduce las limitaciones del hombre y lo erige en amo absoluto de la tierra, y el arte, que lo rescata de la muerte total y le embellece la vida, forman juntos el puente de entrada a la perfección humana. Separados, la caída en la barbarie es inevitable.
Cree Gagini que la educación, convertida en filoso bisturí en manos de educadores competentes, debe extirpar todas esas excrecencias que, en el desarrollo de su entidad nacional, le han salido al pueblo costarricense. Suprimido el gusto por las exterioridades exóticas, depurada la tradición de prejuicios, enriquecido el casticismo con genuinos aportes de valor universal, desprovista la política de espurios intereses personalistas, todos los costarricenses deben unirse bajo la bandera del amor a la soberanía y a los valores nacionales, sin odios ni rencores absurdos, seguros de que la mejor defensa contra cualquier imperialismo es la posesión de una patria decente, sana, amante de la paz y del trabajo, agradecida con sus aliados, digna y valiente con sus enemigos.
Debe aplaudirse la entereza de Gagini para decir verdades. «El árbol enfermo» no está escrito para entretener al lector, sino para ponerlo a meditar con seriedad. La novela cabalga, en varios trechos, a lomos del ensayo. Su mayor interés radica en lo que expone, no en lo que narra. Plena de incitaciones tajantes, cargada de corriente polémica, la obra logra que el lector se mueva cuidadosamente entre los problemas planteados y las posibles soluciones, pulsando con cautela cada pensamiento para no cortarse el libre arbitrio, examinando bien cada aserto para no sucumbir por incuria a la primera descarga dialéctica.
El autor se propone una tarea moral: despertar la conciencia nacional. Y recurre a la novela para expresar sus ideas, con la noble esperanza de que el costarricense, elevándose sobre ellas, amplíe la visión del horizonte patrio. Casi todo lo que Gagini dice de nuestro país puede aplicarse a otros pueblos iberoamericanos. «El árbol enfermo» permite explorar la realidad latinoamericana. Más que del famoso libro «Ariel» (1900), de Rodó, «El árbol enfermo» parece tomar su impulso creador de las desvergonzadas intervenciones de los Estados Unidos en varios países hispánicos, sobre todo en la vecina República de Nicaragua (1912 y 1916). Así, los recelos de Rodó sobre el imperialismo norteamericano adquieren plena validez a los ojos de la raza latina, cuyo porvenir oscurece la sombra colosal del águila yanqui.
«La caída del águila«, publicada en 1920, tiene como tema central el juzgamiento y la destrucción del imperialismo norteamericano. Al principio de la novela, Gagini nos da la visión de una Costa Rica nueva, cuyo progreso material ha nacido al toque de «la varita de oro del yanqui». El suelo costarricense se ha llenado de adelantos y comodidades; pero ha perdido su independencia. Toda Centroamérica ha pasado a ser una colonia estadounidense, donde las voces yanquis mandan, ordenan, dirigen y disponen de todo a su gusto, con la aquiescencia de multitud de criollos que han aceptado cobardemente la dominación extranjera. El gobernador foráneo espera que nuestra «raza degenerada desaparezca y deje lugar a una más digna de aprovechar las riquezas de la tierra».
Manuel Delgado, millonario salvadoreño egresado de un politécnico; el conde von Stein, militar alemán; el capitán Amaru, sabio japonés inventor de un terrible explosivo; Francisco Valle, adinerado hondureño, médico y naturalista, y Roberto Mora, ingeniero naval y mecánico descendiente del procer don Juanito Mora, «cinco hombres animados por el fuego de la libertad y sostenidos por la justicia», juzgan y condenan al «imperio más absorbente y tiránico que todos los que ha sustentado el mundo desde los tiempos de Ciro y Jerjes». Estos singulares personajes, pertenecientes a cinco países ultrajados por los norteamericanos, convierten la isla del Coco en una formidable base militar, provista de todas las comodidades deseables y de instrumentos maravillosos. Dueños de una férrea voluntad y de una vasta inteligencia, logran construir tales armas, que vencen fácilmente a las poderosas fuerzas yanquis. El gobierno japonés colabora con los cinco idealistas. El 1 de mayo de 1925, recortadas sus alas y sus garras, cae el águila estadounidense. Los pueblos hispánicos respiran tranquilos. Y la derrota del portentoso imperio yanqui confirma, una vez más, «que los pueblos tienen derecho —como los individuos— a desenvolver libremente sus energías y a que nadie pueda oprimirlos en nombre del progreso».
«La caída del águila» consta de ocho capítulos; su intriga novelesca, también poco original, es más rica en fantasía y en peripecia narrativa que la de «El árbol enfermo». Es una novela tradicional, de estilo directo, que anuncia claramente su intención en el título y dice las cosas sin ambages ni equívocos. Su propósito medular es combatir, denunciar y exponer puntos de vista sobre el statu quo de Costa Rica y de América.
En la obra se trasluce, en varios puntos, el influjo de «Veinte mil leguas de viaje submarino» (Verne). El personaje principal es el costarricense Roberto Mora, «armonioso conjunto de superior inteligencia, de inquebrantable voluntad y de generosos sentimientos». Por su relevante personalidad, Mora se convierte en el jefe de los «caballeros de la libertad». A diferencia del capitán Nemo, el ingeniero Mora no está cegado por el odio vengador. El costarricense no se complace en la destrucción del enemigo. Nemo tiene sed de venganza, está de espaldas al futuro y aferrado a un pretérito personal; Mora tiene sed de justicia, su mirada apunta hacia el porvenir del mundo y anhela olvidar todo lo malo del pasado. Espíritu más libre y menos desalentado, el costarricense alcanza mayor altura que el capitán Nemo para juzgar los hechos.
«La caída del águila» es un robusto ariete que, impulsado por las manos altas y libres de Gagini, golpea con fuerza las compactas murallas del imperialismo yanqui. Literatura de pelea, escrita para rechazar categóricamente el imperio del fuerte sobre el débil, destinada a despertar la conciencia de Latinoamérica. Novela llena de puntas hirientes, como una maza ansiosa de que el lector la tome para destruir claudicaciones y temores. El autor no está interesado en describir costumbres; ni en hacer, metido en la escafandra freudiana, profundos buceos psicológicos; ni en tejer filigranas estilísticas. Por encima de las preocupaciones estéticas, se halla su hondo deseo de levantar ánimos, de convocar conciencias, de combatir agravios, de distinguir claramente entre convivencia y sometimiento. Consecuente con su intención, Gagini asume francamente su papel de autor omnisciente, que no quiere dejar significados ocultos a lo largo de las páginas. Coge al lector de la mano y lo lleva por su mundo novelesco, del que no finge ignorar nada. Gagini va derecho al grano, sin tediosas morosidades ni desviaciones extravagantes. Su anhelo supremo es que el lector comprenda bien su mensaje. De aquí la descripción directa de los personajes, la llaneza de la prosa, el hilo del tiempo sin enredos y el argumento nítidamente desenvuelto.
«El árbol enfermo» y «La calda del águila» son novelas de choque, de tribuna, de rebelión, que, aunque no constituyen ejemplos de literatura pura, tienen validez artística. Son una invitación al lector latino para que asuma su plena responsabilidad moral, para que se «comprometa», como lo hace el propio autor, y no permanezca de mero espectador ante los males de su patria o de los pueblos hermanos también subdesarrollados. En verdad satisface y conforta la ejemplar actitud asumida por Gagini en ese entonces, cuando, frente a los desmanes yanquis, la conveniencia personal aconsejaba no «comprometerse» públicamente. Ante el poder aplastante de los soberbios extranjeros y el espíritu servil y de entrega de muchos dirigentes nacionales, la crítica frontal y la denuncia clara resultaban harto peligrosas. Sostenedor firmísimo de la autonomía nacional, Gagini se alza majestuoso y recio en estas dos novelas para proclamar, en voz alta, el derecho de los pueblos a vivir en pacifica posesión de sus legítimas tierras, sin intervenciones de potencias extranjeras y en total libertad para realizar su destino histórico.
Gagini no ataca al viril pueblo norteamericano, a quien respeta por su dedicación al trabajo y su constante afán de progreso; Gagini fustiga duramente a los gobernantes y empresarios yanquis que, con diferentes pretextos y sin ocultar su desprecio por los nativos, desean convertir en prósperas colonias a cuantos países latinos puedan. El costarricense don Rafael Montalvo, por no querer ver la enfermedad de su querido árbol, muere aplastado por el higuerón; el imperialismo yanqui, llevado de un agresivo espíritu de conquista, se precipita en una profunda derrota. He aquí dos claras advertencias. Y Roberto, el tico victorioso, y Fanny, la hija del Secretario de Marina de Estados Unidos, se casan. He aquí una esperanza de digna convivencia entre naciones grandes y pequeñas. Unión armoniosa de dos razas distintas, que augura el acuerdo final de todos los pueblos del mundo por obra del amor, no de la fuerza.
Carlos Luis Altamirano
(1) Es interesante comparar este pensamiento con el que expone, en «Pueblo enfermo», Alcides Arguedas: «Quien sobresale, aunque sea una línea, sobre un conjunto así moldeado, en vez de simpatía, despierta agresiva irritabilidad.»








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