Apaikán

Doña María Fernández Le Cappellain de Tinoco Granados

Primera Dama de Rosta Rica
1917-1919

Una intelectual en el Castillo Azul

 
Doña María de las Mercedes Elodia Fernández Le Cappellain nació en San José, el 22 de enero de 1877. Fue la segunda de los siete hijos de don Mauro Fernández Acuña y doña Ada Le Cappellain Agnew.

Don Mauro Fernández, distinguido político y jurista, Benemérito de la Patria, fue el gran reformador de la educación pública costarricense. Su esposa doña Ada Le Cappellain, natural de la isla anglonormanda de Jersey, poseía una vasta formación cultural, clara inteligencia y amplio criterio. La casa donde nació y se crió doña María, en el alto de la cuesta de Moras, era un verdadero centro de cultura, en el que hombres y mujeres compartían por igual el interés por las letras y las artes, lo cual era realmente excepcional en la sociedad Josefina de la época.

Entre las amigas de la abuela paterna de la recién nacida, doña Mercedes Acuña de Fernández, figuraba doña Lupita Granados de Tinoco. Al enterarse del nacimiento de María, doña Lupita rogó al cielo que la niña llegase algún día a ser la esposa de su primogénito, Federico, y más tarde confió ese anhelo a doña Juanita Acuña, tía de don Mauro y maestra de la cartilla de Federico y su hermana Rosita Tinoco Granados. Con el tiempo, Federico partió a estudiar a Europa y doña Juanita Acuña empezó a dar lecciones también a la niña María Fernández, a la cual le hablaba del “novio” que estaba en el viejo continente.

Años más tarde, la joven María -a quien se llamaba en la familia Mimita– partió a la Gran Bretaña, donde estudió durante algunos años. De regreso en Costa Rica, cuando ya era toda una señorita, conoció a quien habría de ser su marido. En una fiesta, la joven preguntó a su amiga doña Carlota Lahmann por la identidad de un apuesto joven que figuraba entre los invitados y que se había detenido bajo el dintel de la puerta de un salón. La señorita Lahmann exclamó: “¡Cómo! ¿No lo conoces? ¡Es imposible!” Se trataba de Federico Alberto Tinoco Granados, quien acababa de regresar de Europa. El joven las miró y se acercó a ellas. Doña Carlota lo presentó con Mimita y él la sacó a bailar. Danzaron durante toda la velada, lo que suscitó ásperos comentarios de vigilantes matronas y de jóvenes aspirantes a señora de Tinoco. Aquello de bailar toda la noche una pareja que acababa de conocerse no encajaba en las normas sociales de entonces, ya que incluso los amigos y pretendientes de una señorita a lo más que llegaban era a pedir pieza de por medio.

Los Tinoco y los Fernández, unidos desde años atrás por lazos de amistad, dieron su beneplácito al noviazgo de Federico y María, y el 5 de junio de 1898 contrajeron matrimonio en San José, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Doña María tenía veintiún años y Don Federico veintinueve. Bendijo la unión Monseñor Carlos María Ulloa Pérez.

Don José Federico Alberto de Jesús Tinoco Granados, a quien todos llamaban Pelico -sobrenombre que nunca agradó a su esposa-, había nacido en San José el 21 de noviembre de 1868 y era hijo de don Federico Tinoco Iglesias y doña Guadalupe Granados Bonilla. Durante los primeros años de su matrimonio se ocupó casi por completo en atender las fincas de su familia en Juan Viñas, donde doña María pasó gratos momentos, dedicada a su esposo, a la pintura y a las letras.

Los esposos Tinoco Fernández no tuvieron hijos.

Don Federico Tinoco empezó a participar en política en 1902. cuando estuvo complicado en un movimiento dirigido a evitar el ascenso de don Ascensión Esquivel a la Presidencia de la República. Se unió a las filas del Partido Republicano y en 1906 participó en otra intentona revolucionaria. En 1908 fue elegido diputado por San José.

En 1905 doña María tuvo la pena de perder a su padre. El fallecimiento de don Mauro conmovió al país y se le sepultó con gran solemnidad. Años más tarde, en 1912, falleció su viuda doña Ada.

Doña María Fernández de Tinoco, dueña de gran espiritualidad y exquisita sensibilidad, fue una de las primeras integrantes de la Sociedad Teosófica, fundada en 1904 por don Tomás Povedano. Apasionada por las culturas aborígenes, inició su actividad en la lectura costarricense con dos novelas de costumbres precolombinas, Zulai y Yontá, unidas en tema, estilo y pensamiento. Publicó estas obras en 1909, con el pseudónimo de Apaikán. Don Abelardo Bonilla, en su Historia de la Literatura Costarricense, se refirió a las novelas de doña María diciendo que el relato:

“… se propone explicar, alrededor de un poético motivo novelesco, el origen y las luchas de las razas indígenas… es fantástico y, sobre todo, simbólico. Los personajes simbolizan las diversas razas que llegaron al continente: la hindú, la mongólica y la ibérica y hasta los productos y objetos que juegan en el relato adquieren sentido y denominaciones de símbolos. Es a veces difícil seguir el hilo ideológico, pero el lenguaje de la autora es fácil y suave, ingenuamente femenino y espontáneo, radicalmente distinto al de las novelas y cuadros de costumbres que entonces se habían impuesto.”

El conde Maurice de Perigny, en su obra La République de Costa-Rica, escribió que la primera novela de doña María:

“Es leyenda indígena plena de frescura, de bellos sentimientos, de revueltas sublimes. Obra graciosa, ingenua, sencilla: de una alta elevación de ideas por el tema que desarrolla.”

También don Rogelio Sotela, en su obra Escritores de Costa Rica, dedicó favorables conceptos a Zulai:

“En este libro Apaikán nos recuerda aquella frase que Ricardo Wagner dejó escrita en una de sus obras: para el viejo cantor de las aventuras de los Nibelungos, en la grande vulgaridad moderna, son las mujeres quienes no dejan que sus almas se hagan cuidas, quienes saben recibir más que los hombres, de toda cosa espiritual, una expresión más sincera y evidente. Apaikán merece ser leída. Supo concebir una leyenda delicada. En Zulai hay historia precolombina y quizá historia futura del Continente americano…”

Además de sus novelas, doña María escribió varios ensayos y monografías, entre los que pueden citarse El manantial de Rodas, Una ocarina huetar de 18 notas del Museo Nacional de Costa Rica y Chira, la olvidada cuna de aguerridas tribus precolombinas.

La señora de Tinoco fue una de las fundadoras de La Gota de Leche y El Abrigo de los Niños y colaboró asiduamente con otras actividades de beneficencia.

En mayo de 1914 el Presidente don Alfredo González Flores nombró como Secretario de Guerra y Marina a don Federico Tinoco, quien había tenido una decisiva participación en la combinación política que lo llevó al poder.

En la época de don Alfredo se fundó en Costa Rica, por iniciativa del profesor don Lucas Raúl Chacón, la primera Compañía de Boy Scouts. Doña María de Tinoco se interesó muchísimo por las actividades scoutistas; tomó a su cargo la confección de la bandera de la Compañía y le correspondió entregarla, con un emotivo discurso, en la inauguración del primer festival scout, que tuvo lugar en 1915 en la Plaza de la Artillería.

El 27 de enero de 1917 don Federico Tinoco derrocó al Presidente González Flores y asumió la primera magistratura. El golpe fue recibido con sumo beneplácito por la gran mayoría de los costarricenses, que no había comprendido las visionarias políticas de don Alfredo.

Doña María tenía cuarenta años de edad cuando se convirtió en Primera Dama de la República. Hacía casi siete años que Costa Rica no tenía Primera Dama, dado que tanto don Ricardo Jiménez como don Alfredo González estaban todavía solteros.

En el mes de abril se celebraron comicios presidenciales y don Federico fue elegido por abrumadora mayoría. Inició su período constitucional de seis años el 8 de junio de 1917.

Doña María de Tinoco cumplió a cabalidad el papel que las normas protocolarias y las reglas de trato social atribuían a la consorte del primer mandatario. Sus finas maneras y su esmerada educación la convertían en la anfitriona ideal en los banquetes y recepciones que se ofrecían en la bella mansión presidencial de entonces, el Castillo Azul, ubicado frente a la antigua casa de don Mauro, y en las alegres fiestas que se celebraban en la finca Apaikán, ubicada en San Rafael de Coronado. También le correspondió asistir con don Federico a numerosas ceremonias públicas, entre ellas la inauguración del monumento a don Mauro Fernández, que después fue irracionalmente destruido por los antitinoquistas.

Entre las principales figuras del reducido cuerpo diplomático acreditado entonces en San José, figuraba el Ministro brasileño don Antonio J. de Amaral Murtinho, quien era casado con una hermana de doña María, doña Ada Fernández Le Capellain. Por esa circunstancia, el diplomático brasileño era persona muy cercana al Presidente, y en los días finales de la administración hubo de compartir la impopularidad de su concuño.

En su libro Los Tinoco, Don Eduardo Oconitrillo dice que doña María

“… era una dama de sociedad, mujer de letras, escritora, teósofa, de gran cultura; formaba con su esposo, el Presidente, una familia principesca, a la que sólo faltaban los hijos que nunca tuvieron. Ambos procedían de familias de alcurnia, socialmente distinguidos, brillaban en sus relaciones diplomáticas.”

Como Primera Dama, Doña María no se limitó a participar en actos protocolarios, sino que desarrolló una actividad significativa en otros campos. Con su concuña doña Merceditas Lara de Tinoco fundó en 1917 el Comedor Infantil de San José, que presto grandes servicios a la niñez costarricense. En los primeros pasos de la institución colaboraron muchas otras señoras, entre las que cabe recordar a doña Felicia Montealegre de Valenzuela y a Doña Clementina Quirós de Quirós, que más tarde fue Primera Dama de Costa Rica.

Doña María dio también gran impulso a las actividades de la Cruz Roja Costarricense y en 1918 obsequió su pañolón blanco de soltera para que con él se hiciera el pabellón de la institución. Mantuvo su compromiso con la Cruz Roja a lo largo de toda su vida, y en 1949 el Comité Internacional de la institución le concedió la medalla Florence Nightingale.

En 1919 Doña María obsequió el producto de la segunda edición de Zulai a La Gota de Leche.

Los abusos y graves errores del régimen de los Tinoco hicieron que los costarricenses se volviesen en contra suya. En 1918 se produjeron la fracasada revolución de Río Grande y el asesinato de don Rogelio Fernández Güell y sus compañeros, y al año siguiente el gobierno hubo de hacer frente en la zona fronteriza con Nicaragua a la llamada revolución del Sapoá y a disturbios y motines en San José. El 13 de junio de 1919 la multitud incendió el periódico La Información. Don José Joaquín Tinoco, el hombre fuerte del régimen, no se hallaba en la capital, y don Federico dudaba sobre el camino a seguir. Doña María, que comprendió la gravedad de la situación, tuvo un papel muy importante en la tarea de serenar los ánimos en el Castillo Azul y de evitar que se produjera una masacre.

Fuertemente presionado por los Estados Unidos de América, que estuvieron a punto de desembarcar marines en Costa Rica, Don Federico decidió separarse del poder. Pensaba marchar inmediatamente con destino a Europa; pero el viaje se retrasó por el súbito asesinato de su hermano don José Joaquín, el 10 de agosto de 1919. El 12 de agosto, alegando consideraciones de salud, llamó al Primer Designado don Juan Bautista Quirós a ejercer la primera magistratura, firmó su renuncia y enseguida partió con doña María y varios parientes y amigos hacia Puerto Limón, donde embarcaron en el vapor Zacapa, que se dirigía a Jamaica. Desde esta isla viajaron después a Europa. Cabe señalar, sin embargo, que doña María fue Primera Dama hasta el 20 de agosto de 1919, fecha en que el Congreso admitió la dimisión de don Federico.

Los esposos Tinoco Fernández se establecieron en París, donde doña María tuvo múltiples oportunidades para participar en actividades culturales. Fue muy notable su ayuda en la exposición de arte aborigen de Hispanoamérica celebrada en la capital francesa en 1928. También pudo dedicar esfuerzos a su ciencia favorita, la arqueología, y se unió al renombrado grupo de sabios arqueólogos de la rué Buffon. Sin embargo, los últimos días que compartió con Don Federico, dominado por la nostalgia, fueron muy tristes.

El ex Presidente murió en París el 7 de setiembre de 1931. Don Antonio de Amaral Murtinho y su esposa, que residían en aquel entonces en Noruega, donde él servía otro cargo diplomático, invitaron a doña María a irse a vivir con ellos. En Oslo, doña María mitigó las penas de su viudez con el cariño de su hermana, su cuñado y sus sobrinos. En 1932 fue invitada por la Embajada británica a una recepción en honor del fundador de los scouts Lord Baden Powell, quien se hallaba de visita en Noruega. Allí doña María tuvo ocasión de conocer a la Reina Maud de Noruega y al Príncipe heredero, que después reinó en ese país con el nombre de Olav V.

En 1934 Doña María regresó a Costa Rica, donde fue objeto de caluroso recibimiento por parte de parientes y amigos. Sin embargo, no todos los resentimientos se habían olvidado: cuando Doña María quiso entrevistarse con don Alfredo González, para “aclarar algunas cosas”, el ex Presidente se negó a recibirla y manifestó que en su criterio todo estaba muy claro.

Desde su regreso al país, la señora de Tinoco se vinculó con las actividades arqueológicas y prestó notable colaboración económica y personal a la primera exposición arqueológica que se celebró en el país. Para procurarse el sustento dio lecciones en una escuela primaria y aceptó un cargo en el Museo Nacional, que ocupó durante seis años y en cuyo desempeño emprendió expediciones arqueológicas a lugares muy diversos del territorio nacional. También le correspondió viajar a Chile, Cuba, los Estados Unidos de América, México y Panamá. Después vivió durante algún tiempo con la familia de su hermana en Rio de Janeiro, a donde había sido trasladado don Antonio de Amami Murtinho al concluir su misión en Noruega.

De 1943 a 1946 doña María residió en Winona, Minnesota, en casa de su amiga Harriet Buck. Durante su estancia allí prestó gran colaboración a la Cruz Roja de ese Estado. De regreso a nuestro país continuó dando muestras de sus inquietudes culturales. Representó a Costa Rica en la la Conferencia Internacional de Arqueólogos de los países del Caribe, que se efectuó en Honduras en agosto de 1946, y fue una de las organizadoras de la Exposición de Arte Centro América-Panamá, que se celebró en diciembre de 1950.

Una larga y penosa dolencia cardíaca la obligó poco a poco a apartarse de sus múltiples actividades. Ya muy enferma, comprendió que el final estaba cercano, y llamó a su lado a sus seres queridos, para entregarles algunos modestos obsequios y darles sus últimos consejos. En sus últimos momentos mantuvo la serenidad y la paz espiritual que la habían acompañado toda su vida.

Doña María Fernández de Tinoco murió en San José, el 23 de noviembre de 1961, a los ochenta y cuatro años de edad.

Fuente: Las primeras damas de Costa Rica. José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquin Alberto Fernández Alfaro;Maria Gabriela Muñoz Castro – 1ª. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.

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