Mamita Yunai

Carlos Luis Fallas

Dibujo de un liniero trabajando

Novela insigne, fiel representación de hechos vívidos y encarnados en el sentimiento y la valentía de vivir, a pesar de la injusticia, atropello a la verdad y deterioro de los principios fundamentales de defensa y amor a la patria. Escrita en 1940, de la cual en español se han hecho numerosas ediciones, no sólo en Costa Rica, sino en Argentina, Chile, Cuba y México. Además hay traducciones en ruso, polaco, alemán, checo, eslovaco, búlgaro, húngaro, francés, italiano. Esta obra, retomada por muchos lectores, literatos, historiadores y amantes de la proyección literaria, ha sido pieza fundamental para retomar hechos significativos en la historia de nuestro país y resaltar actores protagónicos del discurso literario. El poeta Pablo Neruda, en su Canto General, resalta la figura de Calero, personaje inolvidable, quien representa en la obra el sentimiento del amor, a pesar de su lenguaje burdo y tosco. Carmen Lyra dijo de ella “la novela de Fallas es la de más recia musculatura escrita dentro del ambiente costarricense que yo he leido

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Mamita Yunai

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ÍNDICE

PARTE PRIMERA: POLITIQUERÍA EN EL TISINGAL DE LA LEYENDA

CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V

PARTE SEGUNDA: A LA SOMBRA DEL BANANO

CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI

PARTE TERCERA: EN LA BRECHA

CAPÍTULO I

PARTE CUARTA

LA GRAN HUELGA BANANERA DEL ATLÁNTICO DE 1934

GLOSARIO

Portadas de algunas de las ediciones impresas de la Editorial Costa Rica y otros

 
PRÓLOGO

(De la edición impresa de 1966)

Se me ha dado la oportunidad de escribir este pequeño prólogo para una nueva edición de la primera novela de Fallas. Y acepté agradecido el encargo. Fallas nos acaba de dejar, y todavía no es posible que lo imaginemos muerto; probablemente nunca lo podremos imaginar (1). Frecuentemente conversé con Calufa en las últimas semanas y he de llevar al papel algunos puntos de esos fecundos diálogos. También quiero escribir algo sobre Fallas en sus libros, pero esto será en otra ocasión, con más tiempo y mayor serenidad. Por ahora sólo unas pocas líneas, para iniciar el pago de una gran deuda. De lo que me corresponde como costarricense en la enorme deuda nacional a nuestro primer novelista, cuyos méritos se atrevieron a negar algunos espíritus mezquinos. No fue suficiente para convencer a estos menguados el premio Ibero-americano de Novela, otorgado en 1962 por la Fundación William Faulkner, de los Estados Unidos, ni las numerosísimas ediciones europeas y americanas de sus obras. Ante esta pequenez moral, respondió el pueblo presentando a nuestro novelista el más conmovedor tributo postumo en sus funerales. Y frente a aquellas muestras de miseria moral, han levantado los costarricenses de todos los partidos políticos, la más generosa y elocuente manifestación de duelo nacional.

(1) Carlos Luis Fallas murió en San José, el 7 de mayo de 1966.

Esta primera novela, tan plena de crudeza y de ternura a la vez, surgió como consecuencia del trabajo político del autor. Sin embargo, no es una obra de afán proselitista. Refleja con duros colores la realidad vivida dolorosamente por el autor, cuya habilidad como narrador es extraordinaria. Literatura comprometida, dirán algunos críticos estetas, displicentes. Como si el ideal fuera, para el creador literario, deshacerse de toda preocupación humana para escribir obras esterilizadas y anodinas. Como si las grandes creaciones de la literatura mundial no fueran, precisamente, las más logradas síntesis de experiencias individuales o colectivas, vividas o intuidas por los genios literarios.

Con una escasa instrucción —la escuela primaria y dos años de la segunda enseñanza—, cuando apenas había vivido poco más de treinta años, escribe Calufa “Mamita Yunai”, libro de impresionante fuerza expresiva. No sabía nada para entonces el autor de escuelas ni de estilos, de modas literarias, ni de recursos o trucos artísticos, de esos que suelen ser tan apreciados y bien cotizados por los críticos literarios de postín. No escribió, pues, su obra, calculando impresionar a la crítica o colocarse a la vanguardia de las últimas tendencias. Escribió sus primeras páginas porque tenía mucho que decir y denunciar. Pero esta denuncia adquirió rango artístico innegable. Se lee cada vez más y con mayor interés.

Se ha dicho que los libros de historia presentan sólo los hechos más destacados y hablan únicamente de los personajes descollantes, omitiendo generalmente algo que es fundamental para la comprensión de las sociedades: la referencia a la vida cotidiana, las hazañas anónimas, las tragedias minúsculas de todos los días. Esta historia subterránea, más real y humana siempre que la de los manuales históricos, la hacen a menudo los novelistas preocupados por el hombre y solidarios con sus oscuras vicisitudes.

Raras veces se ha dado en nuestro medio un caso de tan arraigada lealtad a la misión de novelista, de tan fervorosa lealtad a los deberes del escritor que no busca entretener y complacer simplemente, como el de Carlos Luis. Pero antes de morir, en una de mis frecuentes visitas a su casa, para distraer la angustia que sobre todos pesaba, inexorablemente, tuve la ocurrencia de relatarle un penoso incidente en que yo había hecho de víctima de la ciencia. Fallas —cosa rara en él— me escuchó con la mayor atención sin interrumpirme, en absoluto silencio. Sólo al final me dijo, con su actitud vehemente de siempre, que debía escribir aquel relato, que allí había un cuento magnífico. Luego, como otras tantas veces, hizo hincapié en la obligación de hacer al pueblo el servicio de la denuncia constante, recurriendo al medio eficaz de la literatura.

MAMITA YUNAI no presenta elaborados símbolos, ni personajes alambicados y abstrusos. Es una narración directa y cruda de una realidad brutal e inhumana que persiste, a pesar de calculadas apariencias. Y tomando en cuenta la experiencia literaria del autor cuando escribió esta novela, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo pudo este muchacho, que tenía que luchar heroicamente con la ortografía y hasta con la gramática, realizar una obra de tan singular fuerza expresiva? Había aptitud literaria, indudablemente, pero los recursos del escritor principiante son casi siempre modestos. La explicación hay que buscarla en el profundo conocimiento del ambiente físico y, especialmente en el humano, reflejado en la obra. Fallas relata lo que ha vivido, en la forma más espontánea y directa. Leví, don Ramón, Herminio, Calero, toda la infinidad de personajes que pueblan la novela, quedan claramente grabados en los lectores, no sólo por la habilidad del autor al describirlos y ponerlos a actuar, sino en primer término, porque son auténticas vivencias transmitidas fielmente, con la fuerza expresiva del habla cotidiana.

Prevalece en MAMITA YUNAI un estilo coloquial. Las conversaciones entre los personajes tienen la frescura y espontaneidad de los diálogos reales, tantas veces escuchados por Carlos Luis en comisariatos, fondas y campos de banano. Esta reproducción del habla popular, que parece la cosa más sencilla, es en extremo difícil. Hay que conocer profundamente al pueblo, hay que ser parte del pueblo mismo, para no caer en la afectación insufrible, en el falseamiento de la realidad lingüística que cometen los folkloristas de almanaque. Habla llana, pintoresca, poéticamente expresiva muchas veces, llena las páginas de esta singular novela.

Pero no solamente en boca de los personajes aparece en el libro este tipo de expresión popular. El mismo autor, cuando escribe o relata, lo hace en la forma más escueta y sencilla, y al mismo tiempo más impresionante y certera.

Las descripciones, de pocos y definidos trazos, toman a menudo la forma de la estructura nominal. Recordemos algunos ejemplos:

“Salimos. Noche negra y silenciosa. Arriba, ni una estrella. A lo lejos las deformes siluetas de los montes dormidos”.

No se puede describir más expresivamente, con tan pocas palabras, aquella noche en Talamanca en que Sibajita caminaba, esperando todavía el vergonzoso espectáculo de las votaciones.

Lacónicamente, con la fuerza de las descripciones coloquiales, nos presenta la miseria sofocante de un caserío de la región:

“Todo en el miserable caserío era monótono y desagradable. Las dos filas de campamentos, una frente a ¡a otra a ambos lados de la línea, exactamente iguales todos: montados sobre basas altas; techados con zinc que chineaba con el sol y sudaba gotillas heladas en la madrugada; construidos con maderas creosotadas que martirizaban el olfato con su olorcillo repugnante y pintados de amarillo desteñido. Al frente, los sucios corredorcillos, en los que colgaban las hamacas de gangoche, lucias y deshilachadas por el uso constante. Arriba, colgando de los largos bejucos, tendidos de punta a punta en los corredores, chuicas sucios y sudados, casi deshaciéndose. Abajo, infectándolo todo, el suampo verdoso. Un poco más lejos, sobre la linea, y como huyendo de la suciedad de los campamentos, los carros encedazados, limpios y confortables en que vivía el ingeniero Bertolazzi. Y como fondo sombrío, ahogando , la miseria del pueblucho con sus miasmas palúdicos, la extensión inmensa y pantanosa ensombrecida por árboles gigantescos. Y roncar de congos. Croar de ranas. Y zumbido de zancudos”.

No es, en verdad, un ambiente bucólico. No es un canto lírico a la naturaleza. No se refleja aquí un hermoso paisaje de acuarela. Pero el novelista no es culpable del aspecto repulsivo de esa realidad y no puede, como hacen algunos escritores refinados, llevarse un elegante pañuelo a la nariz con gran urbanidad, o, en obsequio al ”buen gusto”, mirar hacia otro lado, en busca de un panorama bello, placentero.

En maravillosa síntesis, que estimula la parte creativa que todo lector ha de poner en las obras literarias, describe en cuatro trazos un sempiterno temporal:

“Llovía sobre Andrómeda y en toda la región de La Estrella. Ocho días de temporal cerrado. El cielo, negro, las montañas enneblinadas y un viento frío calando los huesos. Nosotros regresábamos del trabajo acalambrados, con la piel de las manos arrugada, de un blanco azulejo, y chapaleando con el barro a media pierna. En los corredores de los campamentos se escurría la ropa empapada, colgando de los bejucos; en el piso, los grandes charcos barrosos.
Croar de ranas día y noche. Lluvia y barro”.

Sí. Es una novela de amargos cuadros deprimentes. El paisaje hostil, agresivo. Pero más cruel, siempre inclemente, el lobo humano todopoderoso.

Y los miserables “limeros” —Herminio, Calero, el mismo José Francisco— frente al más desolador de los desamparos. La desesperación mueve la mano armada de Herminio en busca de justicia. Calero, el pobre Calero, queda en los bana-nales, destrozado por un árbol, un día en que “el cielo amaneció sombrío” y “una lluvia cansada parecía mecerse sobre el abandono”. Sólo queda, repetida en la memoria de los compañeros, la vieja canción:

“Conozco un mar horrible y tenebroso donde los barcos del placer no llegan …”

José Francisco comenta, amargamente:

“No eran negras las ondas de ese horrible mar. Eran verdes y hediondas, y en medio de ellas bogábamos nosotros, perdidos, sin brújula y sin vela. Miles de hermanos se habían hundido en él y sus ondas acababan de tragarse también a Calero. Pobre Calero. Ya podría dormir, eternamente, tranquilo, sin quien le gritara a las tres y media de la madrugada. Y hasta tendría las mujeres hermosas que tanto deseó. Su carne deshecha, convertida en pulpa dulce del rubio banano, sería acariciada por los ojos azules y por los labios pintados de las rubias mujeres del Norte”.

Por fin José Francisco —el autor metido en la novela— huye también, desesperado, de aquel horrible mar verde. Y aquí se presenta una explicable coincidencia entre el final de

MAMITA YUNAI y el de otra de las obras de Fallas, GENTES Y GENTECILLAS, que ofrece un ambiente semejante. Jerónimo, el personaje central de este libro, que tiene mucho de autobiográfico, desesperado, decide súbitamente huir; y cuando un amigo, a lo lejos, le pregunta si volverá, responde a gritos: “¡Nuncaa!”.

Sin embargo, el autor sí volvió al “mar horrible y tenebroso” o, tal vez, síquicamente nunca salió de él. Jamás pudo olvidarse de sus miles de hermanos sepultados. Y en esto, cualquiera que sea la ideología del lector que inicie ahora las amargas aventuras de esta inolvidable novela, comprenderá que Fallas, el hombre, fue ejemplar.

Dedicó su vida a luchar para que sus excompañeros de infortunio no bogaran, sin brújula y sin vela, en aquel horrible mar.

Y esta actitud generosa, cualquiera que sea la posición que se tome en las trincheras, merece el más profundo respeto.

VÍCTOR MANUEL ARROYO

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