-VI-


En la mañana del día siguiente Herminio y yo no nos cruzamos palabra. Sentados en el corredor contemplábamos las nubes y de vez en cuando la cara opacada del sol. No fuimos a almorzar tampoco. En la tarde se despejó el cielo, y al fin Herminio rompió su mutismo; sin volverme a ver, con la mirada de sus ojos verdes perdida en el azul del cielo, murmuró:

–Hermano, no quiero quedarme ni un día más aquí. . . No quiero ver ni una vez más al viejo ni a su negra . . .

–Está bien –contesté–. Yo también quiero huir di'aquí. No tenemos ni un cigírro, pero todavía nos quedan los machetes. Las hachas se las dejamos al viejo. Yo no quiero ni verlas.

Una hora después, con los trapos a cuestas y el machete en la mano, caminábamos rumbo al pueblucho de Andrómeda. ¿Qué haríamos allí? Nadie nos daría trabajo y posiblemente en Fortuna tampoco, pues ya nos debían tener en la "lista negra" de la Compañía. No teníamos un centavo para pensar en trasladarnos a otros ramales lejanos y los pasajes del tren eran caros.

– ¡Ese tútile desgraciao es el que tiene la culpa'e todo! –gruñí yo sin querer.

Y Herminio, volviéndome a ver hosco:

–Lo mejor es que no hablemos d'eso. Comprendí que lo había molesta do y busqué la manera de disimular mi torpeza.

–¿Sabes lo que estoy pensando" –le dije–. Que tal vez sería bueno qu'echáramos una bomba en el río. Hace tiempo que no tiramos una y las candelas hasta que s'están deshaciendo.

Herminio me volvió a ver sin decirme nada. Yo continué tentándolo:

–Mira, hermano. El sol todavía nos da tiempo y si tenemos suerte nos podemos hacer di'algunos centavos en Andrómeda. No tenemos ni un cinco y necesitamos irnos aunque sea pa Línea Vieja. Ve a ver si te quedan fósforos.

–¿Sabes que tal vez tengas razón? –dijo al fin Herminio, parándose pensativo–. Vamos a necesitar dinero en Andrómeda. –Y después de examinar la caja de fósforos que usaba en una latilla, agregó–: Hay dos; los suficientes p'al tiro. Lo mejor será tirar aquella poza grande que vimos el otro día, ¿te acordás vos?

Llegamos a la orilla del inmenso pocerón que formaba un recodo del río. Al pie de una peña que se metía como un pecho en la poza, el agua dormida tenía un color verde-oscuro, anunciando su profundidad. En la cola, donde se ensanchaba la poza extendiéndose el agua, se veía brillando la arena y los menudos guijarros a los últimos rayos del sol. Después, el agua recogida en tumultoso torrente marchando hacia abajo.

Mientras Herminio se quitaba la ropa, yo arreglé la dinamita, con el fulminante y la mecha, envolviéndola bien en papeles y hojas y lastrándola con una piedra pesada.

–Vamos a echarle una candela entera –le advertí–. Lleva suficiente mecha pa que dé tiempo a que llegue hasta el fondo, y la voy a tirar allí, en lo más sereno y oscuro.

Ya listos los dos y la mecha "cebada", Herminio rayó un fósforo y le dio fuego. Cayó la bomba en el agua y yo me que'lé mirando angustiado las burbujilas que reventaban en humo en la superficie, temiendo que fallara la mecha o el tubo. No quedaba más que un fósforo en la caja de Herminio.

Unos cuantos segundos después tembló la tierra y grandes borbollones humosos agitaron la superficie del agua.

–O no serví? la pólvora o esta poza es muy profunda, compañero -roe dijo Herminio, doblándose en la orilla como una garza, en busca del primer bulto blanco.

Allá en la otra orilla, como a unos cincuenta metros de distancia, blanquearon unos animales al saltar fuera del agua.

–Son machacas –rezongó Herminio, que también las había visto.

–Cualquier cosa que cojamos nos sirve –repiqué yo, mientras me tiraba al agua.

Braceando vigorosamente corté la poza en dos, y cuando ya le metía las manos en las agallas a dos hermosas machacas, oí los gritos de Herminio:

– ¡Se nos va el peeejee, hermano! ¡Bota esa babosaaada!

Volví aver. A cada revuelta del agua, blanqueaba el peje que luego arrastraba la corriente río abajo. Herminio, parado en la "cola" de la poza, con el agua a la cintura se agachaba, cogía, tiraba a la orilla y se volvía a agachar. Tiré las machacas al diablo y nadé hacia donde estaba Herminio.

–No hay que perder tiempo con los chiquillos –le dije–; echémosle el ojo a lo más grueso y sobre todo a los bobos.

Herminio se enderezó de pronto con un animal de más de un metro en las manos.

– ¡Mira! –me gritó–. ¿Roncador, róbalo o qué diablos es este animalón? ¡Fíjate, seguro se tiro di'hartón sobre la bomba, porque trae los pedazos de piedras metidos en la carne!

Salimos a la orilla cuando ya la poza no tiró más pescado a la correntada. Herminio se quedó viendo el agua oscura y me dijo:

–El fondo debe estar hirviendo'e peje. Voy a ver si le llego. –Y se clavó de cabeza en lo hondo.

Un minuto después salió resoplando y sin nada en las manos.

–¿Qué hubo, hermano?

Nada. Bajá vos.

Cogí aire, procurando no recargar los pulmones, y me clavé a mi vez. En tres brazadas dejé arriba las capas más claras y rumorosas del agua y penetré en la zona oscura y silenciosa. Todavía se mecían lentamente en lo oscuro algunos pedazos de papel amarillo. Comencé a sentir unos clavos fríos rompiéndome los oídos y desgarrando mi frente. Al mover los brazos parecía trazar con las manos brochazos blancuzcos en el agua negra. Hice un esfuerzo más y, cuando alcanzaba a ver unos bultos de un blanco borroso en el fondo, so iré agudizó el dolor en la frente1 y oídos, sentí la cabeza inmensa y vacía y que en un rincón de ella una maquinilla quebraba guijarros, y perdí el coraje. Un segundo después ascendía desesperado; me faltaba el aire y no alcanzaba lo claro, tragué agua, y casi asfixiado llegué a la superficie.

–¿Qué hubo, hermano?

–Nada –repliqué, cogiendo aire–. Tuve miedo, me faltó el aire y me devolví.

–Tirémonos juntos pa danos valor.

–No, Herminio. Ya es tarde y tenemos más del peje que podemos cargar. Además, esa poza es profunda y no hay que jugar con la vida sin necesidá.

Desocupamos un saco para echar el peje mediano; en una vara larga colgamos los grandes, entre los que lucía el gigante plateado que cogiera Herminio; en el centro de la vara amarramos el saco también, y metiéndole el hombro, uno en cada extremo, iniciamos de nuevo la marcha hacia Andrómeda. Caminábamos cincuenta metros y la poníamos abajo. Posiblemente Herminio pensó lo mismo que yo porque no volvió a hablar: "¡Qué contento estaría Calero con todo ese peje cogido!"

Nos faltaba poco para llegar a Andrómeda, cuando sentí en la espalda unos escalofríos intensos que me erizaron la piel, y un dolor agudo en los huesos.

– ¡Estoy pegao, hermano! –le dije a Herminio, estremeciéndome y conteniendo el castañeteo de los dientes–. Ya sentí los primeros escalofríos en l'espalda. ¡Me llevó el diablo!

–Hora que lleguemos te metes un buen trago'e ron con sulfato y tal vez se te corte. ¡Sólu'eso faltaba, que te pegara la fiebre hora!

La llegada a Andrómeda fue una llegada triunfal. Los animales brillaban a la luz de la luna como hermosos pedazos de plata bruñida.

De los corredores de lo* campamentos salieron exclamaciones de asombro y de júbilo en inglés y español. Todo el mundo corrió a nuestro encuentro, nos quitaron la carga y casi en hombros llegamos al campamento del cabo. Nunca se había visto en Andrómeda una pesca igual ni animales más grandes. Cabo Pancho, dominando la algazara general con su voz, ordenó:

– ¡Pastoráa, arréglale dos pejes bien hermosos a los muchachos y se los servís con la botella'e ron qu'está en la cocina! ¡Que se la beban, qué jodido, la cosa vale la pena!

Llegó cabo Juan a saludarnos, y al estrecharme la mano se quedó mirándome, me tocó la frente y me dijo asustado:

– ¡Choocho! ¡Tejtaj quemaando, hermanóo!

Yo sentía un fuego por dentro que me subía en llamaradas hasta la cabeza; la sangre me quemaba en las venas como plomo hirviente; los párpados, como placas calientes, me irritaban los ojos, que se me llenaban de agua, mientras una cosquilla de náusea me arañaba el estómago.

–Muchachos –entró diciendo el cabo–; los negritos y los piones de los otros campamentos quieren comprar el peje ¿Qué dicen?

–Véndalo, cabo, a como usté quiera –autoricé yo con desgano–. Deje unos pa usté y los muchachos.

La Pastora nos sirvió la carne blanca de los animales, esponjada en manteca, y un plato de arroz y bananos. Yo sentía náuseas. Herminio tampoco hizo un gesto; estaba sombrío. En el centro de la mesa se erguía desafiante el litro de ron.

Entró Badilla a saludarnos y yo cerré los ojos y apreté los dientes esperando una pregunta suya que no tardó en llegar:

–¿Onde dejaron al atarantao de Calero?

–Se quedó allá. No quiso venirse –respondí entre dientes, evitando comentar la tragedia. Herminio no agregó una palabra.

Y Badilla, riéndose:

–¿Oh, condenao loco! ¡Es feliz viviendo en media montaña, como los congos! –Y su risa estúpida me mordió en la garganta.

Cogí el litro y sin arrugiir la cara le bajé cuatro dedos.

– ¡Cooche! –exclamó cabo Juan–, ¡Eje si ej trago di'hombre, jodidóo!

El ron me bajó arrancándome el nudo que tenía en la garganta y dejándome una sensación de alivio en el pecho. Herminio se tragó otro tanto y no lo vi ni limpiarse los labios.

Me pareció ver asomar, entre los que hacían comentarios formando grupo en la puerta, la cara flaca y negra de Arrieta, que como una sombra se volvió a esfumar. Medio incorporándome en la mesa, grité:

–¿Qué anda oliendo aquí ese desgraciao'e "Cristo'e Fierro"? ¡Que corra onde'el otro pendejo a decirle que nosotros echamos una bomba en el río! Sí, la echamos, ¿y qué? ¿No trajimos el peje por la media línia pa que lo viera todu'el mundo?

Cabo Pancho entró a mis voces y nos dijo muy contento:

–No hay que alterarse, muchachos. Ya yo arreglé la cosa. El hombre mandó al segundo a averiguar di'onde habían cogido ustedes dinamita, y le mandé a decir que cuando se fueron yo les había regalao una de las candelas que me habían sobrao. ¿Y saben lo qu'hice? Le mandé al hombre aquel peje grande, pa que se contente y me deje darles otra vez. ¿Qué dicen?

– ¡Un veneno le diera yo a ese perro! –exclamé. Y cogiendo con una rabia sorda el litro, me tragué otro poco de ron.

Herminio se embrocó el litro también. Después se paró y me dijo:

–¿Sabes? Casi se nos olvida el peje'e Clinton. Voy'ir a dejárselo. Hasta luego, hermano.

Entre la bruma de la fiebre y el ron yo alcancé a ver el último reflejo de sus ojos verdes. Un momento después iba en un moto-car, con rumbo a Limón, amarrado como un asesino. A Bertolazzi también lo llevaban, herido de dos machetazos.

Cuando el viejo Jerez terminó de relatar lo ocurrido, agregó:

– ¡Si no je lo quitan, lo acaaba! ¡Jodiido, hajta que le brillaban loj ojoj verdej como loj de un tiigre!

– ¡Ají ej como hajen loj hoombrej, jodidoó! –rugió cabo Juan–. ¡Lájtima que no dejaron que lo acabaara de una vej!

Yo cogí el litro y lo escurrí de un trago.