Teatro Nacional

Por la Dra. Astrid Fischel

La construcción del Teatro Nacional es la cristalización de un arraigado anhelo, presente en la sociedad costarricense desde mediados del siglo XIX, por construir un gran coliseo. Esta idea cobró apremiante vigencia desde la construcción del “Teatro Municipal” a causa de una cadena de terremotos que azotaron a nuestro país los días 29 y 30 de diciembre de 1888.

Con la desaparición de este centro de espectáculos, grupos y figuras de prestigio internacional dejaron de tomar en cuenta a Costa Rica dentro de sus planes e itinerarios. El problema se acentuó cuando la famosa diva Adelina Patti rechazó presentarse en un teatrito provisional llamado “de variedades”, y por ende no visitó nuestro país. Este episodio vendría a acentuar aún más las aspiraciones de construir un coliseo digno de cualquier figura de renombre.

Pese a que numerosos miembros de la sociedad costarricense, en especial la josefina, apoyaban con una variada gama de argumentos el proyecto de dotar a la capital con un teatro, la contienda electoral de 1889 detuvo temporalmente sus aspiraciones. Luego de la efervescencia política vivida durante ese año, y recobrada la calma, los ánimos pudieron ocuparse nuevamente de necesidades propias del esparcimiento y de la cultura. Dentro de este contexto, una serie de artículos aparecidos en El Anunciador Costarricense y en La República serían el detonante que llevaría a la palestra pública la necesidad de concentrar tan añorado ideal.

Al tenor de las excitativas de la prensa, conspicuos y acaudalados comerciantes y cafetaleros, aprovechando una favorable coyuntura económica debido al aumento del volumen y del precio del café en el mercado internacional, decidieron solicitar al Gobierno la creación de un impuesto de $0.05 por arroba de café exportado. Tal impuesto produciría la suma anual de $75.000 para financiar la construcción del coliseo.

Acogida por el Ejecutivo la propuesta de los prominentes ciudadanos, aquel Alto Poder envió al Congreso un proyecto de ley que contemplara la declaración de “Obra Nacional” del nuevo impuesto. El día 28 de mayo de 1890 y pese a la oposición de algunos diputados, el Congreso sancionó afirmativamente el proyecto.

La recién fundada Dirección General de Obra Públicas de la Secretaría de Fomento, fue la encargada de realizar los planos para la construcción del Teatro Nacional. Los responsables de éstos, fueron costarricenses que habían realizado estudios en Europa, así como profesionales extranjeros radicados en Costa Rica. Si bien ingenieros y arquitectos se inspiraron en maravillosas realizaciones formales europeas y del período, su concreción última en obra arquitectónica fue el resultado de un proceso nacional arduo, marcado por la experimentación y el error. Es una verdad que sobraron las buenas intenciones, aunque también los desatinos.

Los trabajos de construcción dieron inicio con la preparación del terreno, el lunes 12 de enero de 1891. Tan buena nueva fue consignada en el periódico El Heraldo en los siguientes términos:

¡Por fin llegó el anhelado día! El lunes se comenzó a derribar la casa que fue de doña Ana Fernández y otros edificios para dar campo a los cimientos del nuevo teatro.

Durante las primeras semanas la actividad se redujo a la demolición de las casas y a la limpieza del terreno; después se iniciaron las excavaciones primarias de la parte oeste, sitio de la fachada principal. La prensa, haciéndose eco del clamor y de la impaciencia del público por ver rápidos resultados, consignó repetidamente gacetillas críticas sobre la lentitud del arranque inicial.

Ante la preocupación generalizada por hacer del Teatro una construcción segura contra los terremotos, la Dirección de Obras Públicas realizó un minucioso estudio técnico para dotar al nuevo edificio de la necesaria seguridad estructural. En febrero de 1891, el Director de esta dependencia, el Ingeniero Nicolás Chavarría, presentó a conocimiento público un sistema de construcción que constituía una novedad en el país. De acuerdo con sus planes, se formarían columnas de metal rellenas de ladrillo. En una palabra, la construcción se podría comparar con una verdadera jaula metálica en la cual los vacíos de las paredes se llenarían con mampostería.

Una vez aprobado este sistema de construcción, se dio inicio a los cimientos del edificio. Tal paso haría variar los hasta entonces negativos comentarios aparecidos en la prensa, los cuales empezaron a mostrar un decidido apoyo a la obra y una manifiesta alegría ante la que sería la más refinada y bella realización arquitectónica. Los articulistas pronto reflejarían también un exagerado optimismo en cuanto a la posible fecha de la conclusión del coliseo.

Pese al manifiesto optimismo, dos años después he haberse iniciado la obra, únicamente lucían terminados los muros exteriores. Restaban más de cuatro años y múltiples dificultades y sinsabores para ver coronado el ansiado ideal.

Conforme fue avanzando la edificación del Teatro Nacional, el financiamiento de la monumental obra empezó a ser objeto de gran preocupación, pues los cafetaleros – una vez disipada la euforia inicial – comenzaron a resentir el impuesto a la exportación del grano. De esta manera, dieron inicio a una campaña de presión al Gobierno para lograr su derogatoria. El 20 de mayo de 1893, el Presidente de la República, José Joaquín Rodríguez derogó el impuesto al café. Con invocación de enunciados económicos de corte liberal y mediante una hábil maniobra política, el mandatario logró trasladar el costo de la construcción del coliseo a toda la población costarricense, mediante la institución de un impuesto general a la importación.

La ambiciosa obra fue objeto de constante experimentación y desaciertos, motivados en gran parte, por la escasa experiencia que en la construcción de edificios de su naturaleza, tenían los profesionales de la Dirección de Obras Públicas. Asimismo la ineptitud de algunos contratistas provocó mayores atrasos y sinsabores.

Al término de 1894, fueron mermando los comentarios optimistas y positivos sobre la marcha de la edificación. Lo que empezó como una tímida crítica, terminaría siendo una oleada de argumentos mordaces e irónicos sobre los mútiples problemas que empezaron a salir a la luz. La persistente y despiadada censura promovió finalmente la destitución del Director de Obras Públicas. No obstante, toda vez que continuaron poniéndose en evidencia “crasos errores de construcción” el Gobierno decidió contratar en Italia a Cristóforo Molinari, profesional especializado en edificios teatrales. La oportuna contratación permitió coronar con éxito el más audaz y difícil ideal edificatorio que registra nuestra historia.

La participación de costarricenses en la construcción del Teatro Nacional fue notable en el trazado de los planos y en la dirección de la obra constructiva, acciones en las que destacaron los ingenieros Luis Matamoros, Nicolás Chavarría y Guillermo Reitz, así como también el administrador, Don Antonio Varela y el dibujante A. Navarro. También a nivel del operario asalariado, humildes albañiles, canteros y peones costarricense, hicieron posible, con su labor de hormiga, levantar nuestro impresionante coliseo. Por supuesto, el concurso de extranjeros fue imprescindible para llevarlo a feliz término. Los ingenieros Angel Miguel Velázquez, Enrique Invernizzio y León Tessier, los hermanos Francisco y Lorenzo Durini, el maestro Tomás Povedano, operarios especialializados, escultores, pintores y decoradores – en particular italianos – ofrecieron su genio y sus capacidades para plasmar en un todo armónico y bello lo que hoy es el Teatro Nacional.

Los apellidos Durini, Molinari, De Benedictis, Riatti y Le Lacheur, estuvieron íntimamente vinculados a los grandes contratos para la compra de materiales y para la ornamentación y decoración del Teatro. Con el concurso de los Durini, y de Riatti, Molinari y De Benedictis, muchos de los artistas a quienes se encargaron las maravillosas piezas artísticas en mármol, lienzo o bronce que decoran al Teatro Nacional, no tuvieron que moverse de sus talleres. Tal fue el caso de los especialistas en mármol de Carrara, los hermanos Angel y Carlos Liberti; los escultores Pietro Bulgarelli, Pietro Capurro y Adriótico Froli; los pintores Vespasiano Bigmani, Arturo Fontana y Aleardo Villa; el especialista en escenas”, Antonio Cavalieri Rovescali y los tres hermanos Fradico de Visco Lizzine, especialistas en ornamentación de cartón-pierre.

La firma Le Lacheur & Son, con sede en Londres, jugó un importante papel en la contratación de las estructuras de hierro, el techo y el domo, la compra de vidrios y de cerámica para el piso. El señor de Le Lacheur, Cónsul General de Costa Rica en Londres, era copropietario de una de las casas comerciales más importantes de Costa Rica en la época, (Le Lacheur & Lyon).

Los pintores y decoradores Pablo Serra y Carlo Ferrari, el ingeniero eléctrico Alejandro Rampazzini, el especialista en cartón-pierre Alejandro Poeli, el mecánico tramoyista, Rómulo Rotta, así como dos operarios, un marmolista y un tapicero, vinieron a Costa Rica desde Italia para hacerse cargo de aspectos varios de la decoración e instalación de la luz eléctrica.

Al acercarse la terminación de la obra, las ansias y las expectativas generadas por la cercana inauguración, crearon un clima de eufórica impaciencia. Tras siete años de espera, parecía que el público no podía esconder ya más, su gran emoción. Desde enero de 1897, se anunció por la prensa que sería estrenado el 15 de setiembre para conmemorar el 76 aniversario de la Independencia. No obstante, atrasos en la decoración del coliseo, y en particular, problemas con las sillas de la platea, provocaron que tal acto se trasladase para el 12 de octubre, fecha del Descubrimiento de América. Sin embargo, nuevos contratiempos, entre otros, la llegada tardía de la Compañía de Opera, obligaron al Gobierno a fijar el día jueves 21 de octubre como la fecha de la inauguración oficial.

La decisión de cómo estrenar el Teatro Nacional, se convirtió en tema de emocionante debate. Luego de estudiar con detenimiento varias propuestas, el Gobierno escogió la oferta del empresario de teatros francés, M.Pedro Andrés Aubry. El gobierno se comprometió a dar una subvención de $50.000 y también a prestar el Teatro de manera gratuita a la Compañía de Opera. Aubry ofreció traer una Compañía de Opera Francesa de primer orden, con un elenco de más de cien artistas. De acuerdo a un Addendum el Ministro de Costa Rica en París, el Marqués de Peralta, nombró a una persona de reconocido prestigio para verificar en aquella capital, la competencia de los artistas que vinieron a inaugurar el Teatro.

Con el anuncio de la pronta apertura del coliseo, apareció la novelería y el afán de derroche y ostentación. Pese a las diversas llamadas a la mesura y al recato, la verdad es que hubo personas que prefirieron no asistir al Teatro, antes que presentarse vestidas de manera sencilla. Otras, contrajeron altas deudas con tal de someterse a las exigencias de la moda.

El jueves 21 al caer de la tarde, se empezó a congregar frente al coliseo una multitud, la cual tuvo que ser contenida por un cordón de policías. Estos se hicieron presentes, gracias a repetidos rumores de que se atentaría contra la vida del Presidente Iglesias. Pese a las amenazas, Iglesias rehusó llegar al coliseo en coche y prefirió caminar desde su casa, entrando bajo nutridos aplausos al Teatro Nacional. La llegada de don Rafael, sin duda el más importante artífice – desde el punto de vista político – de la obra construida, permitió que diera inicio la grandiosa inauguración.

Una vez que don Rafael hubo ocupado el palco de la Presidencia, le levantó el telón y apareció el conjunto de la Compañía de Opera Francesa que cantó la antigua letra del Himno Nacional y luego la Marsellesa, bautizándose así el coliseo. En medio de ensordecedores aplausos, bajó el telón de entreactos, sólo para levantarse poco después y dar inicio a la Opera Fausto de Gounod.

La inauguración del Teatro fue, sin duda alguna, motivo de conmoción social. Damas ataviadas con sus mejores trajes, caballeros de estricta etiqueta, militares con sus uniformes de gala, inusual lujo en una capital caracterizada aún por sus humildes casas de adobe, hicieron de este jueves 21 de octubre, una fecha para siempre jamás inolvidable.

La coyuntura 1890 – 1897 fue una época de grandes pasiones políticas y vaivenes económicos. No obstante, las aspiraciones de unos cuantos personajes políticos por modernizar el país en lo material y lo cultural, se tradujo en importantes obras de infraestructura.

Téngase en cuenta que San José, era un modesto conjunto urbano con pretensiones de ciudad. Su fisonomía arquitectónica estaba definida por casa de adobe y bahareque y calles de piedra y tierra. Su apariencia rural apenas si la alteraban unos pocos edificios de corte moderno como el Colegio Superior de Señoritas y el del Banco de Costa Rica, de reciente construcción.

Por ellos resultaba fuera de lo común el que algunos visionarios, entre los que destacó Rafael Iglesias, haciendo abandono del pensamiento provinciano prevaleciente, y luchando contra una serie de obstáculos materiales y políticos, decidieran poner al país en lo cultural, a la altura de otras naciones más desarrolladas.

El grandísimo empeño que puso don Rafael Iglesias en tan magna obra edificatoria, quedó en los abultados recursos que personalmente sancionó para su realización práctica. Bien podemos afirmar que las autoridades gubernamentales no escatimaron un centavo con tal de ver terminado, con esplendidez, el Teatro Nacional. Aunque, tan alta inversión no se hizo del conocimiento público, posiblemente con el fin de evitar reacciones negativas. El disentimiento sobre la largueza de la inversión, pudo haber promovido formas de manipulación política adversas a Iglesias.

El hermetismo reflejado en la documentación oficial no permite establecer, a ciencia cierta, el costo total de la obra. Pese a ellos, gracias a los montos consignados en algunos contratos importantes y a cierta información dispersa sobre gastos realizados, podemos calcular, con un mayor grado de acercamiento, cuales serían los límites inferiores de la inversión. Una vez hechas las equivalencias monetarias necesarias y sumados todos los gastos consignados en los documentos bajo estudio, podemos estimar – de manera harto convencional – que el costo de la construcción del Teatro fue cerca de los tres millones de pesos. Esta cifra representó cerca del 65% del total de los gastos ordinarios del Estado y aproximadamente un 55% del total de las exportaciones del país durante el año de 1897.

El inmenso interés que demostró Rafael Iglesias en la edificación del coliseo, pudiera resultar sorprendente en otro país distinto al nuestro. El hecho de que el encargado de los asuntos militares se inclinara con especial tesón por brindar toda clase de facilidades y ayuda para la satisfacción de una obra de tipo cultural, pone de relieve esa especial relación consensual que empezaba ya a germinar en el ámbito social costarricense. Es una paradoja, sólo comprensible dentro del contexto político costarricense, que en un gobierno de corte autoritario, el Secretario de Guerra, antes de pensar en invertir fuertes sumas de dinero en pertrechos bélicos, se interesara en lo personal por un suntuoso proyecto artístico; y que ese mismo Secretario, una vez convertido en Presidente de la República, no escatimara gasto ni esfuerzo alguno para ser cristalizado, de manera magnífica, el añorado ideal de contar

con un gran

Teatro Nacional.

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